Varadero

Temprano en la mañana teníamos la cita con el autobús que nos habría que conducir hasta Varadero. Si me paro a pensarlo un instante llego a la conclusión de que ni por asomo hubiera aceptado, semanas antes, la idea de hacer uso del despertador estando de vacaciones. La estancia habanera se caracterizó por despertares a tempranas horas, sin otro ánimo que visitar todo lo que fuera posible en el día. Con la maleta prácticamente recompuesta la noche anterior, subimos a desayunar al buffet libre.

Inquieto ante la espera del autobús, bajé a recepción a terminar de consumir la tarjeta de internet que había adquirido. Sin ánimo de ponerme como un "adicto al trabajo", mi intención sólo era revisar que no me hubieran comunicado que algún plazo había vencido y que había que presentar un escrito. Afortunadamente eso no sucedió.

La otra tarea que ocupó mi tiempo mientras bajaban todos los compañeros viajeros no fue otra que entrar en la tienda de souvenirs del hotel. Confieso que en esta ocasión mi comportamiento no fue muy correcto pues a menos de diez minutos para abandonar el lugar me puse a mirar camisetas conmemorativas del país y la ciudad, con las oportunas consultas sobre tallas. Al final dejé a la amable dependienta como quien dice con la palabra en la boca mientras me encaminaba al autobús. No fueron formas, lo reconozco.

Con gran alegría pude comprobar que el medio de transporte que nos llevaría hasta Varadero reunía las mínimas condiciones indispensables para el viaje que nos esperaba. La duración de nuestro transitar por carreteras cubanas era aproximadamente de dos horas y media. Para saber si era mucho tiempo o no de viaje nos faltaban datos sobre el estado de las carreteras, así que en principio no consideramos excesivo el tránsito hasta nuestra siguiente etapa cubana.

Es algo misterioso, no se sabe muy bien el motivo, pero lo cierto es que tenemos una cierta tendencia a ocupar los asientos que están en la parte final del autobús. Efectivamente así lo hice, me situé en el asiento de la ventana derecha y pude comprobar cómo dejábamos atrás nuestra estancia en la Capital Cubana con cientos de recuerdos en la mochila. Quedaron cosas por conocer, sin duda, así que tenemos la excusa perfecta para volver.

El trayecto no se hizo muy pesado. Pasamos por distintas localidades que ahora mismo no logro identificar. Observamos, de pasada, cómo es la realidad cubana más allá de la vida en las grandes ciudades. Me llamó la atención, como otras tantas veces, recorrer la autovía junto al mar. Es una sensación que embruja, tal vez sea porque en otra vida fui marinero o viví en un pueblo costero. Junto al mar, la vida es diferente. Estoy seguro.

Con una puntualidad digna de los moradores de la pérfida Albión, llegamos a nuestro punto intermedio del trayecto. Dos horas de viaje y una pausa, recomendable en todo viaje por carretera para evitar el cansancio. El lugar elegido no fue otro que el equivalente español a un bar de carretera convencional o un área de servicio de una autopista: aseos, bar, tienda de artesania y souvenirs.

En poco menos de veinte minutos pudimos alcanzar la zona hotelera que nos albergaría a los pasajeros del autobús. Fuimos parando en los distintos hoteles hasta completar el abandono total del meritado medio de transporte.

Nos recibía, en nuestro caso, el "Hotel Oasis 1920" de Varadero. Como corresponde al llegar a todo establecimiento hotelero la primera tarea que nos ocuparía sería la identificación previa (con la colocación de la pulsera all inclusive) a la asignación de las habitaciones. La primera noticia desagradable, las habitaciones no estaban preparadas. Bajo el argumento de que ya éramos portadores de la "pulsera mágica" y que podríamos hacer uso de las instalaciones del hotel, nos intentaron convencer de que la molestia no sería grande. Cuestión discutible.

La segunda noticia era incluso más desagradable que la anterior, habían comenzado a realizar el dragado de la playa para recomponer la arena. Este dato nos lo comunicaban en recepción y nos aportaban un díptico informativo. Nuestro nivel de indignación incrementó exponencialmente (lo que quiera que signifique esa expresión matemática) hasta cotas insospechadas para un período vacacional.

Buscando un poco de relax y rebajar los ánimos algunos decidimos comprobar las instalaciones. Mi opción estaba clara, aunque fuera en los aseos iba a cambiar mi atuendo por algo refrescante que me permitiera comprobar las bondades acuáticas de las instalaciones (lo que viene siendo la piscina), previo paseo por las instalaciones que pudieran ser visitadas. Resultaba desolador que la zona playera más cercana estuviera tomada por maquinaria pesada. El caminar me derivó hacia la zona oriental de las instalaciones, buscando una segunda playa. Puede ser la costumbre, puede ser la comodidad, lo cierto es que pensar en un paseo de diez minutos no era lo más apropiado para tomar un baño costero. La decepción me hizo regresar, otros compañero inspeccionaron la totalidad de la arenosa instalación. Mi regreso tuvo su refrescante recompensa doble: baño en la piscina principal seguido del oportuno mojito (pensar que sólo tomaría uno es de iluso, como puede comprenderse). El tema de conversación no podía ser otro que el relativo a las dificultades encontradas desde prácticamente el inicio de nuestra llegada al establecimiento hotelero.

Llegado el momento adecuado, decidimos dirigirnos al buffet libre para tomar el almuerzo. Tampoco en esta ocasión tuvimos suerte, sólo una parte del amplio salón estaba habilitado con mesas para comer. Haciendo caso a las razones que nos exponían, y no sin continuar con nuestro enfado, logramos localizar sitios en los que sentarnos a tomar algo de lo que a esa hora quedaba de comida.

No es el momento ni el lugar para comentar las incidencias que tuvimos, estamos trabajando en la oportuna queja. Lo importante es que, tras una reunión con los responsables del establecimiento, logramos que nos trasladaran a otro hotel de la cadena que estaba a unos 10 minutos por carretera. Por supuesto que los costes correspondientes fueron sufragados por el hotel inicialmente previsto. Si tengo que ser sincero, la reunión que tuvimos fue medianamente tranquila y transcurrió por los cauces normales. Como dato, el Director del hotel era andaluz, sevillano para más señas. Pareció comprender nuestras quejas, a pesar de considerarlas por un poco exageradas. No importa, según indica la máxima internacionalmente aceptada: el cliente siempre tiene la razón.

Seguramente que todo el mundo ha tenido la sensación de estar en una situación que ya ha vivido con anterioridad en un sueño, el famoso dejá vu que dirían los habitantes del país galo. Volver a estar en la recepción de un hotel mostrando pasaportes y cumplimentando los datos de cliente por segunda vez en un mismo día se asemeja a tal sensación. Nos recibía el “Hotel Brisas del Caribe”, desconozco si estaban advertidos de lo “peligroso” que éramos como clientes. Por la hora del día que nos ocupaba lo que más nos preocupaba era ocupar nuestras habitaciones y comenzar a dar uso a las instalaciones.

La visita a la playa no se demoró mucho, había que desquitarse por las malas experiencias vividas horas antes. El efecto del medicamento suministrado en vena fue inmediato, los lamentos y las quejas desaparecieron por arte del contacto con el salado líquido de esa zona de la costa cubana. El tiempo que faltara hasta la cena la verdad es que no importaba mucho, por fin podíamos decir que la estancia en Varadero comenzaba en toda regla. Bien rica que supo la cena de buffet libre, nuevamente olvidábamos las circunstancias vividas durante la mañana y la sobremesa. Al salir del comedor nos esperaba un espectáculo en la piscina a cargo de un grupo de animadores. A pesar de descubrir inmediatamente que la piscina no tenía más que 125 centímetros de profundidad, lo cierto es que la coreografía estaba bien montada y merecía la pena verla. Cuando finalizó había que buscar una diversión, nos dirigimos hacia la discoteca de las instalaciones hoteleras. La pista a nuestra disposición, sin problemas para acceder a la barra y el disc-jokey a nuestra disposición. Una sesión de bailes a ritmo de música caribeña, como no podía ser de otra forma. Las peticiones musicales fueron realmente limitadas pues nuestras solicitudes apenas podian ser satisfechas por desconocimiento del profesional musical, a excepción hecha de los grandes éxitos fabricados para su exportación mundial.

La noche ya caía sobre Varadero y la mayoría del grupo se dirigía a sus habitaciones a descansar. Algunos hicimos una breve parada para conversar bajo el cielo estrellado, disfrutando de una agradable temperatura ambiente. Quedaba cerrada nuestra primera estancia en la parte oriental de nuestro viaje cubano. Tal vez demasiadas experiencias, no todas agradables, desde nuestra llegada. Lo cierto es que las sobrellevamos razonablemente bien y fuimos capaces de desconectar para aprovechar el resto de los días playeros.

Horas más tarde volvimos a reunirnos todos, de forma paulatina, para comprobar las bondades del desayuno al estilo buffet libre. Café, leche, zumos, frutas, diversos tipos de charcutería… la oferta era seductora. En mi particular visión de las circunstancias, tener todo a mi disposición no hacía nacer en mi interior un voraz apetito. El trámite, como de costumbre, lo zanjé con café y tostadas.

Sin mucho tiempo que perder, se hacía preciso subir a la habitación a por los accesorios precisos (toalla y cremas protectoras) para dejarse caer sobre la tumbona de la playa. ¿Puede haber algo mejor que hacer que contemplar el apacible mar caribeño durante tus vacaciones? La respuesta se presupone pero de todas formas la menciono, no. Tiempo para conversaciones, baños y algo de relajación. Junto a nosotros teníamos una pista de voley playa que no nos llamaba la atención de forma especial. Minutos después de estar en posición de recibir rayos solares comprobamos que unos turistas se disponían a darle uso al mencionado campo deportivo arenoso. Unos breves instantes de duda y seguidamente nos decidimos Emilio, Sebas y yo a plantearle un partido amistoso a los deportistas huéspedes. La comparación física, en fin, mejor dejarla de un lado. Evento internacional, de un lado Rusia, del otro España. Unos centímetros de diferencia en el trío inicial, pero no importaba, se trataba de echar un rato haciendo algo distinto a estar en posición horizontal sobre la tumbona. No hicimos un seguimiento exhaustivo de los puntos, pero creo que no exagero si digo que ganamos el partido. La aportación de Sebas fue fundamental, sobre todo porque observó con criterio que uno de los contrincantes bajaba el listón y suponía una rémora en el equipo ruso. Conclusión, hacia él mandábamos los balones conscientes de su limitación.

Después de algunos revolcones por la arena durante el momento deportivo del día era obligado sumergirse en las caribeñas aguas. Sin prisas pero sin pausas, era igualmente obligatorio hacer el camino hacia el bar o ambigú de la piscina para reponer líquidos con diferente graduación alcohólica.

La Habana.

Amanece un nuevo día, el primero plenamente cubano. Adaptados a la hora local, la primera tarea del día era desayunar y a ello nos dirigimos. Si hubiéramos prestado atención a la recepcionista, no habríamos bajado a la planta baja en busca del bufet. Afortunadamente estábamos en el horario y en la quinta planta teníamos a nuestra disposición las distintas opciones de consumo.

¿Reunión con el operador a las 10:45h? Demasiado tarde. La cara de sorpresa de la encargada de la charla no fue pequeña cuando nos vio aparecer a los quince en el Hotel Sevilla. El tiempo hay que aprovecharlo al máximo, son tantas las cosas que hay que visitar. Nos estuvieron ampliando las nociones que a la llegada nos comentaron en el autobús que nos traía desde el Aeropuerto, cuestiones básicas para nuestra estancia en territorio cubano: monedas y sitios donde realizar los cambios sin sorpresas; compras de habanos y ron sin dificultades aeroportuarias; posibles excursiones de nuestro interés…

Volviendo sobre nuestros pasos, regresamos hasta nuestro hotel como punto de partida. La suerte de contar con varias guías de viajes y de personas con un plan de visita facilitaba el recorrido que habrían de seguir nuestros pasos. En cuanto a la humedad, recomendable no olvidar las botellas de agua de distintos tamaño. Nuestra primera parada, por la cercanía de nuestro hotel, no podía ser otra que frente al Capitolio. Maravilloso edificio que en su día cumplió funciones legislativas y que actualmente está dedicado a la Academia de las Ciencias. Continuando con nuestro paseo habanero avanzamos unos metros más para situarnos en un parque junto al Capitolio. A la derecha podíamos observar la fábrica de puros de la marca Partagas. No muy lejos de allí, el barrio chino. ¿Es posible que haya ciudad en este mundo sin un barrio chino? Evidentemente la pregunta es retórica.

Con la inestimable ayuda de nuestra guía de referencia, por expresa recomendación de su propietaria, tocaba encaminarse hacia la cercana calle Brasil. ¿Y por qué esta calle? La respuesta la tiene un local –de nombre Hanoi- en cuyas mesas se recomienda hacer parada. No faltan razones para dedicar unos minutos al descanso mientras se saborea un maravilloso mojito. Ni punto de comparación con el que probaron mis compañeros de viaje horas antes en el restaurante del hotel. La temprana hora no era apropiada para la comida, al menos para nosotros como personas habituadas al horario español. Trataban de convencernos para el almuerzo pero decidimos seguir nuestro rumbo. Seguimos avanzando por la calle del país que atraviesa el río Amazonas y comprobando la forma de vivir de los habitantes de La Habana: desde quienes trabajaban o se formaban en distintos talleres ocupacionales, auspiciados por entidades españolas (del País Vasco) y canadienses, hasta quienes se limitaban a pasear por las aceras. Los datos oficiales (es decir, la propaganda) hablan de un índice de ocupación laboral de pleno empleo, con una tasa de paro de apenas el 2%, pero lo cierto es que a nivel de calle esa estadística no se sostiene. Encontrar por la calle a la mayoría de la población habanera es un dato irrefutable.

Llegamos a la confluencia de la calle Brasil con la calle San Ignacio, lugar donde nos encontramos con la plaza donde está situado el Centro Nacional de Artes Plásticas Wilfredo Lam. Con un gusto estético opinable, encontramos la escultura un gigantesco abanico de autor no conocido por quienes allí nos encontrábamos. Pero no fue lo único que nos llamó la atención, lo realmente llamativo fue encontrar una tienda de la marca Paul Shark en uno de los soportales de la plaza, al lado del referido edificio artístico. Nuestro trayecto continuaba, ahora por la calle Murallas, hacia la calle Oficios donde había un museo digno de visita y con exposición de vehículos antiguos. Debo confesar que lo he averiguado posteriormente y por eso aprovecho la ocasión para comentarlo: paralela a la calle Oficios (en la Avda. del Puerto, concretamente en la calle San Pedro) teníamos la opción de haber visitado el museo del ron, edificio usado por la Fundación Havana Club. En cuanto a la exposición automovilística, fue realmente interesante ver vehículos de otras épocas distintos de los que aún circulan por la calle y que datan de los años sesenta del pasado siglo veinte. Como no hubiéramos encontrado por el camino pequeñas tiendas de artesanía, la calle Oficios no fue una excepción. Ello suponía pequeños parones para analizar la calidad y precio de los productos.

La evolución de nuestro paseo habanero nos llevó a continuación a la plaza junto a la Basílica Menor de San Francisco de Asís. Frente a nosotros, la terminal del puerto. Unas fotos de rigor y continuamos avanzando. Nuestra siguiente parada estuvo en la Plaza de Armas, junto a la que tenemos una fortaleza visitable. El monumento llamó la atención a parte de los turistas del grupo, que decidió visitarlo. El resto optó por averiguar la ubicación de la Catedral y de paso conocer las bondades de “La Bodeguita del Medio”, lugar de culto para tomar mojito. Es curioso que la espera no se nos hizo eterna, tal vez el brebaje tiene algo que ver en esa cuestión. Al regreso de los turistas de la fortaleza, como no podía ser de otra forma, era obligado pedirse otro combinado caribeño para el general disfrute de todo el grupo antes de comenzar la búsqueda de un lugar donde comer.

La tarea no era fácil, el reloj se mostraba implacable y el calor apretaba. Nuestro deambular habanero, con rugir de los estómagos, requería rápidas actuaciones. Entre las opciones barajadas quedó de inmediato descartada la gastronomía oriental, no parecía serio entrar en un restaurante chino en La Habana. Todo tiene su recompensa, los minutos de búsqueda no fueron en vano. Junto a la Plaza de Armas localizamos un local que tenía buena pinta, al menos echando una vista a su carta. Para confirmar este extremo realizamos un encargo Iván, el negociador, que se encargó de preguntar en el local las posibilidades de precio para quince comensales hambrientos. Las gestiones fueron productivas, conseguimos un buen precio y la primera bebida (nacional) gratis. Nos situamos en nuestra mesa y comenzamos la decisión de los platos y bebidas a consumir. Para no perder la costumbre, el servicio va a su ritmo. La espera mereció la pena, es de ley reconocerlo, la comida estuvo buena y además tuvimos acompañamiento musical. A petición de los comensales, Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina estuvieron presentes.

Se hizo duro levantarse de la silla, pero había que seguir con la ruta. No muy lejos de la zona había un mercadillo y no era difícil suponer que nos detendríamos a echar un vistazo. La idea no era especialmente grata para el sector masculino del grupo, pero los regalos a familiares y amigos obligaban. Sol de justicia, estrechas zonas de transito entre los distintos puestos, la verdad es que era preferible mantenerse fuera de la zona comercial. Tras el momento consumista decidimos continuar nuestra ruta turística. Nuestro siguiente objetivo no era otro que el afamado malecón. Tocaba cruzar la avenida al estilo cubano, por cualquier parte y con algo de precaución por si algún conductor, en un exceso de celo, no respetaba a los imprudentes peatones. Emocionado por la interesante caminata que llevábamos, crucé corriendo y cuando llegué a la otra acera estuve a punto de sufrir un percance por no haber divisado un cable. Logré saltarlo de casualidad y terminé en medio de una zona militar. No fue el cartel que colgaba del cable sino un amable soldado que me invitó a volver a zona civil. El momento humorístico del día ya estaba servido, los compañeros se reían de mí mientras yo recapacitaba sobre la posibilidad de haberme quedado sin dientes con una breve estancia en calabozos, no se deben olvidar las circunstancias políticas del país. Es una auténtica maravilla vivir cerca del mar, cada vez que paseo por Cádiz (“La Habana con más salero”) siento sana envidia de quienes pueden disfrutar del mar y de sus atardeceres. Llegamos a una pequeña zona de bancos y jardines, antes de pasar junto a un pequeño faro. No es el momento ni el lugar de recordar a dos tontos cubanos indeseables, no lo merecen. Los compañeros de viaje saben a qué me refiero, al resto sólo les puedo decir que no merece la pena conocer esa desagradable experiencia.

La verdad es que el sentimiento generalizado fue de algo de decepción. Tal vez nos esperábamos otra cosa después de haberlo visto en reportajes y fotos. La realidad es bastante distinta, el estado en que se encuentra (en reparación en algunas de sus zonas) y los edificios que encuentras en frente, muchos en estado ruinoso, te quitan las ganas de pasear por el malecón. Sobre los edificios es conveniente recordar que si apenas les llega el sueldo para sobrevivir, difícilmente se pueden plantear rehabilitar o restaurar edificios. Parte de los componentes de la expedición decidieron que no era preciso recorrer todo el malecón. Otra parte sí optó por continuarla un poco más. Aprovechamos la ocasión para ir fijando la hora en que estar preparados para buscar un lugar para la cena. El recorrido de vuelta, para los que regresamos con posterioridad, estuvo marcado sin duda por la visión más dura de la realidad cubana. Me refiero a la calle Neptuno. La pobreza se podía comprobar sin disimulo a lo largo de toda su extensión. Casas bajas con habitáculos reducidos donde residen (e intentan hacer vida) no menos de cuatro personas en una situación de claro hacinamiento. El camino de regreso al hotel, en este último tramo, se hizo especialmente duro.

Una breve pausa para el adecentamiento personal, con posibilidades de relax sobre la cama de la habitación, y comienza la ruta nocturna. Una breve tormenta nos daba la bienvenida a nuestra estancia cubana. Ya nos habían comentado que por las tardes suelen ser habituales. En esta ocasión teníamos claro que evitaríamos el restaurante del hotel y nos buscaríamos un sitio que estaba recomendado en la guía que tan buenos consejos nos estaba facilitando. La situación del establecimiento no era distante del hotel, estaba frente al Capitolio. Nuestra quincenal presencia en la puerta del local nos facilitó la pronta entrada para sorpresa generalizada. La parte menos grata estuvo en el trayecto hacia la parte más alta del edificio, uno de los tramos de escalera estuvo adornado con un olor que ahora mismo no sabría describir pero que era altamente desagradable. Pasado ese mal trago, tuvimos la mesa preparada en cuestión de unos minutos. Amago de rapidez pues la ronda de bebidas tardó varios minutos más de lo preciso. El tiempo se prolongó también cuando vimos la carta, fue preciso ir preguntando al camarero qué componía cada plato. Creo que la opinión puede ser compartida, la elección del sitio fue acertada porque los platos estuvieron bien servidos. Algunos no pudieron terminarlos. El pequeño fallo, el local que realmente recomendaban estaba en la planta primera y responde al nombre “Los Nardos”. Nosotros estuvimos en “El asturianito”. La diferencia entre ambos no es muy sustantiva, pues comparten cocina. Este dato lo supimos al ver cómo los camareros subían o bajaban con platos. Como no podemos pasar inadvertidos allá por donde vamos, y siendo la ocasión especial como era, Maty se encargó de hablar con los camareros para que en un momento determinado apagaran las luces y pudiéramos sorprender a Iván. ¿Puede haber algo más especial que celebrar un cumpleaños en Cuba? No, aunque sin ánimo de anticipar acontecimientos todavía quedan sorpresas por contar. Sobre una porción de tarta que pudieron localizar en el restaurante a esas horas apareció una vela. Como no tuve el gusto de probar el mencionado postre, no tengo opinión sobre su textura o dulzura.

Resuelta la cuestión monetaria, abandonamos el local. En previsión de no tener que hacer cola la noche siguiente, nos encargamos de comentar que volveríamos pero que en esta ocasión preferíamos que la cena se produjera en “Los Nardos” sobre las 21 horas. Emprendimos el camino de vuelta hacia el hotel.

Tras haber recibido los oportunos consejos sobre los lugares en los que moverse por la noche habanera, finalmente nos decidimos por desplazarnos hasta la “Casa de la Música” de la zona de Miramar. La siguiente tarea era localizar los cuatro taxis necesarios para que pudiéramos desplazarnos. En unos diez minutos estábamos ante la puerta del local donde un amable cubano nos indicaba las opciones que teníamos: el local de la planta baja, o el de la planta de arriba (denominado “Diablo Tuntun”); en ambos casos con entrada por un precio de 10 CUC. Nuestra propuesta combinada de entrada en ambos locales por un mismo precio no tuvo fruto, así que finalmente nos decantamos por entrar en planta baja. Mi primera sensación, más allá de la que comento en breve, era como si nos hubiéramos trasladado a los años ochenta a uno de los espectáculos de sábado noche producido y dirigido por el afamado ventrílocuo que ahora no me apetece mencionar. Como si fuera un teatro, en lo que podríamos denominar “patio de butaca” había dispuestas una serie de mesas de aluminio –mayoritariamente redondas, si no recuerdo mal-. Al fondo, en posición elevada de unos dos metros, el escenario donde los distintos grupos salseros iban interpretando sus repertorios. Para quienes no estamos acostumbrados a uno de los géneros musicales del Caribe, las canciones parecían todas la misma. A eso tenemos que unir que el sonido no era muy bueno o que el técnico encargado de tal labor había dado prioridad a la música antes que a la letra, quitando protagonismo a los intérpretes cuyas voces apenas se oían.

Le gustará más o menos al Gobierno que rige la isla, realizará esfuerzos mayores o menores para impedirlo, pero la realidad es que el turismo sexual existe. No sé si la excusa del jineterismo es válida, mi opinión personal es que no. A diferencia de los sigilosos ofrecimientos que nos habían realizado distintos encargados del hotel, en esta ocasión eran las propias muchachas –de edad no muy superior a los dieciséis años- las que paseaban por el local seleccionando (o atacando) a sus clientes. El diálogo entre dos de las muchachas, escuchado por Rafa al entrar al local, servía para tomar conciencia de que no éramos víctimas propiciatorias. Nuestro abultado grupo, de mixta composición hombres-mujeres, suponía un handicap importante. Como dice la sabiduría popular, los toros se ven mejor desde la barrera: las maniobras de selección de clientes era digna de análisis, acercamientos en parejas hacia quienes podían reunir los requisitos aptos para el abordaje del asunto en cuestión. Con la finalidad disuasoria de que no se realizaran maniobras sospechosas, y con cierto aire cómico, desde el propio servicio de caballeros había un espécimen de rasgos de guardaespaldas que cada cierto tiempo abría la puerta y comprobaba que todo transcurriera con normalidad, es decir, sin emplear la zona en cuestiones amatorias y/o sexuales. Nosotros fuimos a lo nuestro, unos bailes salseros y unos cubatas, con unas risas también al comprobar cómo funciona una famosa “Casa de la Música”. La necesidad de recuperar fuerzas para el día siguiente nos hizo abandonar el local a una hora prudente. Para nuestra sorpresa, a la vuelta en coche observamos una concentración nocturna en el malecón. Pronto supimos qué motivaba tal encuentro, es el lugar de reunión de gays, lesbianas y hasta transexuales. Es curioso comprobar que pese a la probable penalización de la condición sexual, se permite un punto de encuentro en tan señalado lugar habanero.

Amanecía el tercer día de nuestra estancia habanera. Nos tocaba hacer la ruta con nuestros taxistas particulares. A través de Emilio localizamos a nuestro guía local, Julio, que se encargó de encontrar a otros tres compañeros que nos transportaran por la ciudad. Como más o menos ya teníamos un recorrido acumulado, el primer punto que nos interesaba conocer no era otro que la famosa Plaza de la Revolución. En el trayecto volvimos a comprobar la realidad cubana, difícilmente disimulable.

Con total sinceridad puedo decir que lo que más me llamó la atención de aquella explanada fue ver en directo el edificio en cuya fachada está “dibujado” el rostro de Ernesto “Che” Guevara. Desconozco, más bien no recuerdo, qué Ministerio tiene su sede en el citado edificio. Varios son los edificios oficiales que se ubican en la zona, sin olvidar uno de los centros neurálgicos del país que no es otro que un cuartel general con el perímetro oportunamente vigilados por militares. Se incluye también, como no podía ser de otra forma en la Ciudad y en general en el país, un monumento a José Martí. Complemento del mismo marmóreo elemento artístico está el “Memorial José Martí” donde se puede ascender a un mirador de 134 metros de altura para divisar toda La Habana desde sus 360º. Ni que decir tiene que la entrada no es gratuita, y existe la posibilidad de suplemento en caso de llevar cámara de video o de fotos. Sin entender todavía la motivación con el paso de los meses, al entrar en el ascensor la encargada de su manejo nos obsequió con un diploma que certificaba que habíamos acudido a visitar el Memorial. Como si el meritado documento nos diera créditos de libre configuración en alguna universidad española. La ideologización de un país comienza con una cabeza pensante que observa la realidad y busca la forma de cambiarla. Esa fue la función vital del ideólogo revolucionario por naturaleza, padre de la patria cubana. Sin que dejaran de ser sorprendentes algunas de las frases expuestas junto a elementos personales del homenajeado en el Memorial, lo que me llamó poderosamente la atención fue presenciar el comportamiento de un grupo de escolares de unos diez o doce años. A modo de un concurso televisivo, rivalizaban por responder a cada una de las preguntas que les hacían sobre la vida, obra y milagros del personaje histórico. Indignación suprema al comprobar el adoctrinamiento de tan jóvenes representantes de la patria cubana. La suerte de no haber vivido en mis años de escolarización algo parecido me hace valorar más haber nacido y crecido durante la Transición española.

Nuestras ganas por conocer mejor la cultura cubana nos conducía inevitablemente a una fábrica de ron. No sabría reproducir la zona donde estaba ubicada, pero sí puedo afirmar sin miedo a equivocarme que no había glamour ni lujo en los edificios colindantes. En la entrada encontramos un cartel que mostraba “Legendario”, bebida de creciente consumo por tierras hispanas. Para ser sinceros, la imagen no dejaba de ser bucólica: las barricas de roble apiladas en varias salas. Las comparaciones con las bodegas de Jerez o de Valladolid, por citar unos ejemplos, son realmente odiosas por mucho que digan que el tamaño no importa. Unas fotos para el recuerdo y la típica compra de botella de ron a un precio realmente inigualable según nuestros guías, 8 CUC. Tal oferta bien merecía la adquisición de un envase de dorado líquido cubano, pero no todos se apuntaron. Desconozco sus motivos, pero he de reconocer que no se equivocaron al rehusar la compra, en un supermercado cercano al hotel encontramos la misma botella al maravilloso precio de 6 CUC. Una anécdota que no puedo olvidar de nuestra visita a la fábrica, las etiquetas de las botellas ya indicaban que el distribuidor es valenciano. Esto te lleva a replantearte que realmente el establecimiento en el que nos encontrábamos estuviera actualmente en funcionamiento, y en caso de que así fuera tendría que haber miles de ellos a lo largo de toda Cuba para abastecer al exigente mercado ronero del sur de España.

La siguiente parada en nuestra ruta automovilística nos llevó a lo que nuestros guías denominaron “el pulmón de La Habana”, la única zona verde de la ciudad. Como zona de esparcimiento no estaría mal si lográramos olvidarnos de la pestilencia que desprendía el caudal fluvial cercano. Sobre el terreno pudimos ser testigos de una sesión fotográfica con escenarios naturales. Hasta ahí todo normal si no fuera porque la principal protagonista del reportaje no contaba con más de catorce años y su indumentaria de baño hacía suponer que, en ausencia del poco recomendable chapuzón, las poses y posturas que adoptaba tenían más un cariz erótico que artístico. Quienes la acompañaban parecían ser sus padres y posibles responsables de la idea de posar en tal “idílico” lugar. Cada uno que saque las conclusiones que estime oportunas.

Para que nuestro recorrido no fuera incompleto, camino de la siguiente parada monumental, pasamos por una de las zonas más exclusivas de La Habana: la Quinta Avenida, en el barrio de Miramar. Es el lugar apropiado para que se establezcan las empresas multinacionales que operan en la Isla, así como la mayoría de las Embajadas. Honrosa excepción constituye la Embajada de España, ubicada en un bello edificio sito en La Habana Vieja. No estaría completo el retrato de tan privilegiada zona si no vivieran en el mismo parte de la familia Castro. Continuando con nuestra ruta, tocaba visitar el Santuario de Nuestra Señora del Cobre. No se puede comparar con la Catedral de La Habana, sobre todo teniendo en cuenta que no llegamos a visitarla, pero no se descarta para una visita. Nos gustó su estilo moderno, la amplitud de su única nave, sus pequeños retablos laterales.

Como si de una maldición se tratara, la hora de comer nos perseguía. Decidimos regresar a La Habana Vieja para hacer la pausa del almuerzo. En esta ocasión estábamos dispuestos a comprobar las bondades culinarias del Hanoi y hacia allá nos dirigimos. Desconozco exactamente cómo transcurrió la conversación, no estuve presente, pero terminamos prescindiendo de nuestros taxistas. Pudo ser un desacuerdo en la cuantía a recibir, o tal vez en la necesidad de parar para comer (una pausa que podría ser de dos horas) y después retomar la gira. Sea como fuere, recibieron lo pactado y se volvieron a sus respectivas casas o adonde estimaran conveniente desplazarse.

De forma casi inmediata, nada más atravesar la puerta del establecimiento, ya teníamos nuestra mesa preparada. Los atentos camareros nos comentaban las bondades del menú del día. Para mi opinión, nuevamente volvimos a acertar pues la comida fue completa y el precio bastante razonable. La sobremesa, de forma poco sorprendente, estuvo aderezada con un poco de música en directo. Incluso tuvimos sesión de baile, el cantante se animó a solicitar a una voluntaria acompañante de baile. Nuestra compañera, Maribel, puso todo de su parte, pero sentirse observada creo que no fue de mucha ayuda. Nuestra conclusión, al menos en mi experiencia, el local bien merece regresar tanto por la comida como por el mojito.

Regresamos al hotel con la mente puesta en una excursión que no nos podíamos perder, conocer la heladería “Coppelia” que aparece en la película “Fresa y Chocolate”. Nuestro transporte requería capacidad elevada. A falta de confirmarlo con la foto que al efecto nos hicimos, creo que entramos ocho personas en el vehículo sin contar al conductor. En unos diez minutos llegamos y nos dispusimos a averiguar la dinámica del lugar. Haciendo cola se encontraban los naturales del lugar, mientras que a los turistas nos acercaban a otra zona donde no era preciso esperar. Me llamó la atención no tanto la cantidad de sabores (limitada, como pueden comprender) ni las posibilidades de presentación sino la forma de establecer el precio. Una vez que te decides por tu combinación, te pesan el helado y te cobran tanto como pese en gramos: 285 gramos = 2’85 CUC. Una vez degustado nuestros helados nos volvimos al malecón dando un paseo. Nuestro deambular nos hizo pasar junto al “Hotel Habana Libre”, en cuyo último piso dicen que hay una afamada discoteca. En la misma calle hay una “Casa de la Música”, pero precisamente por la zona donde se encuentra no nos recomendaron acudir. Nuestra siguiente parada no era otra que el famoso “Hotel Nacional”, que no distaba mucho de la heladería referida y al cual llegamos en unos minutos de tranquilo paseo. Realmente es una maravilla de hotel, entramos para echar un vistazo por recepción y merece la pena pasear por él. Otra cuestión será a la hora de optar por alojarse en él, pues sus cinco estrellas no son fruto de la casualidad y tienen consecuencias económicas.

El tiempo apremia, incluso estando de vacaciones. Tocaba cerrar la tarde para ir preparando la noche. Entre las variadas formas de regresar al hotel hubo quienes se decidieron por el taxi tradicional y quienes optaron por los “coco-taxis”. En mi caso preferí no arriesgar mi escultural cuerpo en esa suerte de ciclomotores triplaza conforma de casco y llamativo color amarillo.

Al sabor de un daiquiri suena mejor cualquier experiencia en los medios de transportes habaneros. En la ingesta de unos combinados nos entretuvimos antes de regresar al hotel. El lugar propicio para tal tarea no es otro que el “Floridita”, local cercano al Capitolio. Entre sus especialidades se encuentran el mojito y el daiquiri, hecho que no por conocido o supuesto quita mérito al establecimiento. Como si fuera algo novedoso, también conoció este lugar el Sr. Hemingway, de nombre Ernesto. Una escultura a tamaño natural lo recuerda. No resulta difícil ser escritor afamado y conocer los mejores lugares, habaneros en este caso, sean de comida o bebida. Estaría feo disfrutar del momento parcialmente, así que hicimos de avanzadilla mientras regresaban los usuarios de “coco-taxi”. En esta ocasión me decanté por un daiquiri tradicional, lo había de distintos sabores (entre ellos de fresa). Comprobar en directo “la ceremonia” de elaboración tenía su interés. Se me ha quedado grabada la imagen de la batidora de estilo americana, con sus seis o siete velocidades.

En el camino de vuelta al hotel pasamos por una “galería comercial” y entramos en un supermercado donde parte importante del género eran bebidas alcohólicas. Fue sorprendente encontrar que la misma botella que habíamos conseguido a un maravilloso precio en la “fabrica” de Legendario estaba como a 2 CUC más barata. El sentimiento de estafa estaba servido en el grupo.

Con el tiempo justo logramos asearnos y ponernos guapos. Algunos (uso el plural sin distinguir entre géneros) lo tienen más fácil, a otros nos cuesta un poco más. Dejaré que las fotos atestigüen quién o quienes resultaron más agraciados tras su paso por el cuarto de baño.

Nuestro rumbo estaba prefijado desde la noche anterior cuando abandonábamos “El Asturianito”. La fallida experiencia nos hizo reservar para cenar en nuestra última noche en “Los Nardos”. Para nuestra sorpresa resultó que la persona con la que hablamos la noche anterior no estaba trabajando y no lo había comentado con sus compañeros, a nadie le indicó nuestra numerosa reserva. Como a todo hijo de vecino, nos tocó esperar la cola que había para entrar en el local. Tiempo para charlar. Los lugareños no podían resistirse a acercarse para hablar con nosotros. En esta ocasión le tocó a Rocío recibir la conversación de un muchacho que, con peculiar estilo –que no reproduciré por respeto-, deseaba demostrar su amor. Costó trabajo hacerle a entender a este joven, y a su observador amigo, que no teníamos ganas de que estuviera a nuestro lado porque comenzaba a molestarnos. Tras varios minutos, captó el mensaje. Las incidencias nocturnas no pararon ahí pues junto a Rafa se situó un joven que estaba interesado en conocerlo. Llamativa fue la forma elegida para hacerse notar. Según nos comentaba nuestro compañero viajero, en dos o tres ocasiones le hizo gestos lascivos con su boca. Afortunadamente no presencié esa “habilidad seductora”. Complemento de esos gestos fue su “postura de coqueteo”, que en términos deportivos –en el baseball, deporte seguido ampliamente en la Isla- se conoce como “esperando a la segunda base”. En un momento dado el “habanero seductor” desapareció de la zona para alivio de Rafa, agobiado por la situación. Falsa alarma, el muchacho sólo se había retirado para ir a comprar una bebida refrescante. Sólo Rafa puede expresar cuánta fue la felicidad que sintió al subir al restaurante.

Una vez arriba nos tocaba esperar. El lugar ya era distinto, con otro ambiente y la espera era más amena. La comparación con el local de la noche anterior no es posible. Compartir la cocina en ambos locales es la única semejanza. La decoración, inexistente en “El Asturianito”, hace acto de presencia en el local de la planta primera con muebles en madera que quien escribe –en su escaso conocimiento- podría calificar de caoba. Al cabo de unos diez minutos logramos acceder a nuestra mesa y comenzaba nuestro enfrentamiento con la carta, si bien contábamos con la ventaja de conocerla ya la noche anterior, lo que facilitó la elección de los platos. Es la opinión común, estoy seguro, era la noche de Rafa. Uno de los camareros, con ciertos rasgos amanerados, se fijó en él y eso nos ofrecía la posibilidad de reírnos un rato entre plato y plato. Llegado el momento de poner fin a nuestra estancia comprobamos una vez más la habilidad local para distraer dinero. La cuenta traía dos cantidades distintas, una de ellas tachada. Eso nos llevó a pensar que la propina estaba ya incluida en virtud de la diferencia entre una y otra cantidad. Esa no fue la opinión del camarero, quien intentaba convencernos de que la propina no estaba incluida y se mostraba contrario a aceptar la que le dejábamos. Necesitó acudir otro camarero pues la situación iba subiendo en intensidad. Nada cambió en nuestra postura, la propina ya la teníamos decidida con independencia de cómo se pusieran y de si perdían o no las formas.
La velada estaba llegando a su fin de manera obligada, en unas horas pasarían a recogernos para el traslado a la segunda parte de nuestra estancia cubana. Parte del grupo se quedó charlando en el bar del hotel, mi decisión tal vez fue la más práctica: adoptar una postura horizontal sobre un elemento igualmente horizontal llamado “cama”.

Comienza el viaje.

Y llegó el mes de julio. Fueron pasando poco a poco los días, el viaje deseado se acercaba. La tarea de completar la maleta se hacía imprescindible para no echar de menos nada cuando fuera demasiado tarde. El plan inicial previsto se vio modificado por causa de un juicio cuyo señalamiento llegó precipitadamente para el día anterior a la partida desde Madrid el día 8 de julio. Mi ruta particular comenzaba con un viaje en autobús hasta el pueblo de Rafa, bueno más exactamente hasta Villanueva del Arzobispo en la provincia de Jaén donde me recogería para trasladarnos a su pueblo. Sólo la última parte del viaje se hizo algo pesada, especialmente a partir de la parada técnica (para el conductor) en Úbeda (Jaén). Con algo de retraso sobre la hora prevista, se alcanzó el final de mi billete. En el camino había podido maravillarme del paisaje serrano del que no hice fotos para el posterior disfrute.

El trayecto habitual, más moderno, entre Puebla del Príncipe y Villanueva del Arzobispo se vio modificado por unas reformas estructurales que motivaron un exceso de kilómetros respecto de los inicialmente previstos. De regreso pudimos observar la inmensidad de la Luna en su ascenso al cielo jienense.

La temprana hora de partida hacia Getafe hizo que sólo pudiéramos conversar tras la cena brevemente con los padres de Rafa. El viaje lo hicimos sin dificultades, el tráfico de entrada a Madrid era fluido. Una pequeña parada era necesaria para desayunar, recomponiendo fuerzas tras el madrugón, así que nos detuvimos a tal efecto en un área de servicio.

Sin excesivas complicaciones llegamos a nuestro primer destino madrileño. Nos esperaban Emilio y Gloria en casa de Tomás y Pilar. El desplazamiento hacia el Aeropuerto era asequible siguiendo las líneas de Metro y Cercanía de la Capital y no nos llevaría mucho tiempo. Evitamos así hacer uso de taxis que, por motivos de logística (maletas) hubieran sido precisos al menos dos. Animados estábamos durante el subterráneo discurrir hasta que se produjo una llamada que nos desconcertó y nos cambió la cara para darle cabida a muecas de preocupación. Nuestra compañera viajera Inma nos comunicaba que sólo tenían previsto doce visados. ¿Cómo era posible si en todo momento se tramitó con la agencia de viajes y el touroperador que los viajeros éramos quince? Íbamos con tiempo, pero con todo era mejor no confiarse. Tocaba localizar el mostrador de Travelplan para averiguar dónde estaba el fallo o el error. Como suele suceder, nos tocó recorrernos de punta a punta el Aeropuerto con una sensación de intranquilidad realmente molesta. Los elementos se nos revelaban pues la climatización del edificio aeroportuario no funcionaba, o más bien se trataba de nuestro acaloramiento por las carreras. Llegamos a un mostrador en la planta primera y resultó que no era allí, teníamos que bajar al otro mostrador de la compañía. Increíble pero cierto. Al final llegamos y nos dieron unos formularios que teníamos que rellenar antes de pasar por inmigración en el aeropuerto de destino. Confieso que esa solución no me convencía del todo, me esperaba algún tipo de sello en el pasaporte. Lo siguiente que nos ocupó fueron las presentaciones en el grupo, que en organizada caravana se había desplazado desde Badajoz a temprana hora y había llegado antes. La alegría volvió a nuestras caras, poco más de mediodía en los relojes del aeropuerto y con tiempo de sobra para embarcar antes de que llegara la hora límite (14:05). Nos adentramos en el fascinante mundo que hay más allá de la puerta de embarque, el duty free. No le encuentro mucho sentido a esa zona del aeropuerto más allá del comercial, es el lugar idóneo para que la gente no se aburra (o se aburra comprando).

Un par de revistas no estarían de más para distracción durante el vuelo, cuya duración aproximada era de ocho horas. Varios minutos de indecisión y finalmente me decanto por clásicos: “National Geographic” en español y “GEO” en francés. Sin ánimo de ser repelente o de no querer compartir mis lecturas durante el vuelo, me movió a tal elección la necesidad de practicar/recordar lo aprendido durante el curso para que no se olvide.

Con cierto aburrimiento por los paseos “dutifriescos”, y como la hora de embarcar se acercaba, decidimos pasar por el restaurante self-service. Si no fuera porque la sed y el hambre querían participar, no habría dejado que me atracaran como lo hicieron en el citado establecimiento. Evito poner cantidades, pero confirmo que un refresco y una baguette (lo que viene siendo un bocadillo) me salieron por un riñón.

Como no podía ser de otra manera, no nos íbamos a librar de hacer cola. Nos esperaba la puerta B-25, y en ella varias decenas de personas. Otros vuelos también tenían su puerta de embarque en la misma zona así que la multitud que esperaba en las sillas, en el suelo o en la “zona de fumadores” era importante. Sobre ese habitáculo se podría escribir una tesis o incluso un doctorado. A mí, fumador pasivo, me resultaba tremendamente llamativo que en poco más de diez metros cuadrados se congregaran los “nicotinodependientes” para aprovechar los minutos previos a un vuelo en el que tienen prohibido siquiera pensar en fumarse un cigarro.

“Pasajeros del Vuelo UX051 con destino a La Habana” comenzaba a decir una amable locutora por los altavoces. Como si de la formación de la tropa de reclutas se tratara, fueron nombrando a los pasajeros cuyos asientos estaban al final del avión de forma que el avión se fuera completando sin atascos. Brillante idea, sin duda. Pese a los intentos, no fue posible que en el mostrador nos ubicaran a todos juntos. Situado en la fila 34, en uno de los asientos centrales, comencé a prepararme para disfrutar del vuelo: meditación tántrica para superar los nervios que pudieran aparecer en el despegue y pensamientos positivos. No es que haya experimentado muchos despegues (no más de dos en mis vuelos de ida y vuelta a Inglaterra) pero ello no impide apuntar unos ligeros movimientos en el despegue. Mi sensación, en todo caso, es que no se prolongó más allá de cinco minutos. Nos pusimos en ruta sin mayores dificultades.Siguiendo el manual de los buenos auxiliares de vuelo, era el momento apropiado para recordar las recomendaciones de seguridad para que el vuelo transcurriera con la normalidad deseada. El pasaje prestaba atención, a pesar de que más de uno tenía experiencia en transportes aéreos. Nunca está de más recordar esas nociones. Se puede decir que el vuelo ya había comenzado. El comandante nos recordaba la duración aproximada del vuelo y el tiempo que nos encontraríamos en destino, chubascos aislados. No por conocida esta última parte (Internet es fuente inagotable de información) se convertía en agradable la noticia. Quedaba la esperanza de que al llegar todo hubiese cambiado, el clima hubiera mejorado.

Una pequeña pantalla situada en la parte trasera del reposacabezas nos abría un mundo de posibilidades: información sobre el vuelo, con la duración del mismo, la distancia y la temperatura exterior; películas para entretenimiento; música para ambientarse; y una cuarta opción no disponible y que creo que podría ser conexión a Internet.

El hecho de que no estuviéramos todos juntos no impidió que nos comunicáramos. Esta tarea se convertía casi en una obligación después de meses de comunicación exclusivamente electrónica. Tengo cierta habilidad para los rostros de la gente (soy algo fisonomista), pero asociar nombres y caras me llevó al menos media hora en un grupo tan numeroso.
Si te parabas a pensar lo que había dicho el comandante, o lo que nos venía recordando nuestra pantalla, un vuelo de ocho o nueve horas podía parecer muy largo, incluso eterno. Al contrario de esa primera percepción, casi puedo decir que entre unas cosas y otras pude aprovechar el tiempo y en absoluto se hizo pesado estar tanto tiempo en el avión. Tuve mis momentos de lectura tanto con las revistas que arriba cité como con uno de los libros que llevaba y del que me faltaba poco para terminar. Aprovecho para recomendarlo a quienes ahora me dedican su tiempo, se titula “La tumba de Colón” de Miguel Ruiz Montañés. Dediqué parte del tiempo también a ver una de las películas que nos ofrecían, “El misterioso caso de Benjamín Button”. Al contrario de lo que suele ser habitual en mí, me tomé mi tiempo para verla con las pausa oportunas. No tenía prisas por llevarla de vuelta al videoclub. Tuve también algunas aportaciones a las conversaciones que iban surgiendo. No engaño a nadie, al principio me cuesta participar pero todo es cuestión de ir cogiendo confianza. La música también fue una de mis ocupaciones. Aunque había una selección de estilos musicales con diversas canciones de cada uno, lo cierto es que eché en falta mi propio reproductor musical que se quedó depositado sobre la mesa del ordenador en mi cuarto.

Un consejo que Rafa me había dado días antes fue inoportunamente descartado. Trataba sobre la conveniencia de llevar en el equipaje de manos algo que no fuera muy grueso pero que ayudara a combatir la fresca temperatura del avión. Hice precisamente todo lo contrario, pantalón corto y camiseta de manga corta. Craso error. Pretender que la “manta tipo papel de fumar” y la mini almohada fueran de utilidad era ser demasiado iluso. Pero ya que lo ponían a nuestra disposición no era cuestión de despreciarlos. Da gusto viajar cuando los auxiliares de vuelo se preocupan por ti con atenciones variadas. Con una rutina estudiada, pasan unas bebidas refrescantes (zumo, agua, cerveza) al principio del vuelo. Al cabo de unas horas te sirven la comida, con posibilidad de café o té de sobremesa. Luego vuelven a pasar bebidas refrescantes y cuando te das cuenta ya terminado el vuelo. No obstante lo anterior, no está de más llevar el aprovisionamiento propio en la bolsa de mano: patatas fritas, gusanitos, palomitas, gomitas…

El viaje llegaba a su fin. Para mi sorpresa la duración del vuelo no se hizo insoportable. La ilusión con que afrontaba esta nueva experiencia hizo eliminar cualquier tipo de temores o miedos en un desplazamiento tan prolongado en un medio de transporte que, más allá del uso de los pasillos, no te permite más movilidad. La desilusión inicial de no haber ocupado un asiento de ventana se tornó en felicidad –semejante a la de un niño con balón nuevo- cuando comprobé que detrás de Emilio y Gloria había un asiento de ventana disponible. En este caso me correspondía contemplar el aterrizaje desde la parte derecha del avión, pero ese detalle realmente no era importante. El mapa que mostraba la pantalla del reposacabeza mostraba la inminencia de la toma de contacto con tierras cubanas. Por la ventana se podían observar algunas nubes de poca importancia, al menos a 11.000 metros de altitud no parecían amenazantes. Comenzaba a verse tierra allá abajo y es algo que siempre me llama la atención. Comprobar cómo se acerca el avión a la zona de aterrizaje, después de miles de kilómetros volando sobre la inmensidad del océano, era una sensación en cierta forma tranquilizadora. En un momento dado el avión comenzó a descender suavemente. Sobrevolamos partes de la isla que nos quedarían inexploradas por quedar fuera del radio de acción de La Habana y Varadero, pero tampoco se puede conocer todo un país en una sola estancia, hay que dejar algo para poder regresar.

Las normas de seguridad se imponían nuevamente, todos debíamos permanecer en nuestros asientos y con el cinturón de seguridad abrochado. Mientras me recreaba con el descenso de la aeronave pude escuchar, como el resto del pasaje, que una muchacha de nacionalidad cubana reinterpretaba las normas de seguridad. Prestando algo de atención a la conversación con el auxiliar de vuelo dedujimos que la pasajera se había levantado al inicio de la maniobra de aproximación para aterrizar con objeto de coger de su equipaje de mano algún líquido relacionado con sus lentillas, haciendo caso omiso a las recomendaciones del auxiliar. El tono lo fue elevando progresivamente la doña, indignada porque a su entender le habían impedido de malas maneras que cogiera sus pertenencias y el líquido de las lentillas. Como elemento imprescindible de la indignación evidente que mostraba la pasajera caribeña, las amenazas de denuncia sobre el auxiliar de vuelo por su comportamiento. En ese momento intervino otra auxiliar de vuelo que puso un poco de orden en la actitud de la pasajera rebelde con un tono severo pero correcto. Le recriminaba que durante todo el vuelo no había sabido guardar las formas y que ya había superado el límite, que debía sentarse en su asiento hasta que el avión se detuviera. Ese incidente no impidió que continuara a lo mío, maravillándome con la aproximación a la pista del aeropuerto. Entre mi orden de prioridades no estaba prestar atención a una muchacha cubana que había decidido dar la nota. Aplausos de todo el pasaje celebraban que tomáramos tierra sin dificultades. Desconozco si es algo que se hace normalmente en los vuelos, me llamó la atención y por eso mismo lo comento. La locución de cabina del comandante nos agradecía haber escogido su compañía para volar, nos indicaba que la hora local eran las 19h y nos deseaba una feliz estancia. A continuación una auxiliar de vuelo nos indicaba las puertas por las que podíamos abandonar la aeronave: delantera y trasera. Curiosamente la puerta trasera no quedó habilitada y nuestra pasajera rebelde fue una de las últimas personas en abandonar su asiento. El cielo cubano sobre el aeropuerto lucía espléndido, soleado y sin nubes. Carlos me había comentado que la primera sensación que percibiera de mi descenso del avión sería a través del olfato. No recuerdo nada especial que me llamara la atención, ningún olor característico. La sensación que recuerdo es otra distinta, la humedad del ambiente. Probablemente no superábamos los treinta grados.
Breve traslado en autobús hasta el edificio del aeropuerto. Entramos en el edificio y la primera impresión produce un poco de acojone, personal variopinto de seguridad y médico con mascarillas protegiéndose; una cámara térmica (de apariencia similar a “Cortocircuito”) nos analizaba antes de llegar a los mostradores de Inmigración. Momento clave del viaje, donde se responde la pregunta que nos hicimos al recibir el visado en Madrid de la responsable de Air Europa: ¿lograremos entrar en Cuba? Para ser sincero, el momento de espera antes de llegar ante la agente de Inmigración me puso algo tenso por lo inesperado. No es lo mismo hacer ese control en el Aeropuerto de Liverpool que en el de La Habana por motivos políticos evidentes. La autoridad recoge la documentación del viaje y el pasaporte, realiza las oportunas comprobaciones tecleando al ordenador. Me invita a mirar a una webcam situada estratégicamente a la altura del rostro del viajero. La imaginación (o las películas vistas) te aporta diversas teorías sobre la función de la cámara, pero creo que lo único que hace es grabarte los rasgos físicos a la entrada al país (lo que viene siendo ficharte preventivamente). Todo está correcto cuando escuchas el timbre que te permite pasar la puerta. Oficialmente ya estás en Cuba.


Recogidas las maletas sólo faltaba encaminarse al autobús que nos llevaría al hotel, si bien era preciso una toma de contacto con la responsable de nuestro tour operador para confirmarles que habíamos llegado. Nos comentó que a la mañana siguiente teníamos una reunión en la que nos darían las reglas básicas de nuestra estancia en Cuba. En el camino ya pudimos ir comprobando cómo funciona el país, la propaganda política está al orden del día. El camino desde el Aeropuerto hasta el centro, unos veinte minutos en autobús, es una oportunidad maravillosa para ir colocando vallas publicitarias con mensajes variados. También es un avance para comprobar la pobreza de la población. Una vez en La Habana, varias paradas en los hoteles cercanos para dejar a los residentes que nos acompañaban en el vuelo. Llegamos a nuestra residencia en la primera fase de nuestro viaje: Hotel Plaza, situado en la calle Ignacio Agramante, nos daba la bienvenida. Interesante edificio que precisamente celebra su centenario. La distribución de habitaciones estaba en marcha, la cuarta planta nos esperaba. Al salir del ascensor pudimos comprobar que lo de la humedad no es cuestión de broma, es bien real. La habitación estaba bien, amplia y con un buen cuarto de baño de blancos azulejos semejantes a los de los servicios de los hospitales o las consultas de practicantes de los años sesenta. La hora que era, poco más de las 20h según el horario local (las 02h en hora española), recomendaba rápida ducha y bajar a cenar. Para evitar deambular sin rumbo definido, decidimos quedarnos en el restaurante del Hotel. Como no podía ser de otra forma, no lo puedo evitar, tenía que llevar la contraria. Todos pidieron el primer mojito de nuestra estancia caribeña, pero yo me decidí por una cerveza. Evidentemente no iba a ser Cruzcampo, pero el descubrimiento fue interesante: Cristal, suave de sabor. En cuanto a la comida, es probable que no recuerde todo lo digerido pero la primera sí queda grabada. Mientras otros pedían pizza o ensalada, me decantaba por un calzone (una pizza cerrada). Sin tiempo para mucho más, tocaba regresar a las habitaciones para recuperarse del maratoniano trastorno horario (resumido y en hora española): 7h, salida del pueblo de Rafa; 9h, llegada a Getafe; 11h, llegada al aeropuerto; 12h, tarjeta de embarque; 13h, paseos por el duty free; 15h, asiento en fila 34 del avión; 01h, llegada a Cuba; 02h, cena en el hotel.

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