Y llegó el mes de julio. Fueron pasando poco a poco los días, el viaje deseado se acercaba. La tarea de completar la maleta se hacía imprescindible para no echar de menos nada cuando fuera demasiado tarde. El plan inicial previsto se vio modificado por causa de un juicio cuyo señalamiento llegó precipitadamente para el día anterior a la partida desde Madrid el día 8 de julio. Mi ruta particular comenzaba con un viaje en autobús hasta el pueblo de Rafa, bueno más exactamente hasta Villanueva del Arzobispo en la provincia de Jaén donde me recogería para trasladarnos a su pueblo. Sólo la última parte del viaje se hizo algo pesada, especialmente a partir de la parada técnica (para el conductor) en Úbeda (Jaén). Con algo de retraso sobre la hora prevista, se alcanzó el final de mi billete. En el camino había podido maravillarme del paisaje serrano del que no hice fotos para el posterior disfrute.
El trayecto habitual, más moderno, entre Puebla del Príncipe y Villanueva del Arzobispo se vio modificado por unas reformas estructurales que motivaron un exceso de kilómetros respecto de los inicialmente previstos. De regreso pudimos observar la inmensidad de la Luna en su ascenso al cielo jienense.
La temprana hora de partida hacia Getafe hizo que sólo pudiéramos conversar tras la cena brevemente con los padres de Rafa. El viaje lo hicimos sin dificultades, el tráfico de entrada a Madrid era fluido. Una pequeña parada era necesaria para desayunar, recomponiendo fuerzas tras el madrugón, así que nos detuvimos a tal efecto en un área de servicio.
Sin excesivas complicaciones llegamos a nuestro primer destino madrileño. Nos esperaban Emilio y Gloria en casa de Tomás y Pilar. El desplazamiento hacia el Aeropuerto era asequible siguiendo las líneas de Metro y Cercanía de la Capital y no nos llevaría mucho tiempo. Evitamos así hacer uso de taxis que, por motivos de logística (maletas) hubieran sido precisos al menos dos. Animados estábamos durante el subterráneo discurrir hasta que se produjo una llamada que nos desconcertó y nos cambió la cara para darle cabida a muecas de preocupación. Nuestra compañera viajera Inma nos comunicaba que sólo tenían previsto doce visados. ¿Cómo era posible si en todo momento se tramitó con la agencia de viajes y el touroperador que los viajeros éramos quince? Íbamos con tiempo, pero con todo era mejor no confiarse. Tocaba localizar el mostrador de Travelplan para averiguar dónde estaba el fallo o el error. Como suele suceder, nos tocó recorrernos de punta a punta el Aeropuerto con una sensación de intranquilidad realmente molesta. Los elementos se nos revelaban pues la climatización del edificio aeroportuario no funcionaba, o más bien se trataba de nuestro acaloramiento por las carreras. Llegamos a un mostrador en la planta primera y resultó que no era allí, teníamos que bajar al otro mostrador de la compañía. Increíble pero cierto. Al final llegamos y nos dieron unos formularios que teníamos que rellenar antes de pasar por inmigración en el aeropuerto de destino. Confieso que esa solución no me convencía del todo, me esperaba algún tipo de sello en el pasaporte. Lo siguiente que nos ocupó fueron las presentaciones en el grupo, que en organizada caravana se había desplazado desde Badajoz a temprana hora y había llegado antes. La alegría volvió a nuestras caras, poco más de mediodía en los relojes del aeropuerto y con tiempo de sobra para embarcar antes de que llegara la hora límite (14:05). Nos adentramos en el fascinante mundo que hay más allá de la puerta de embarque, el duty free. No le encuentro mucho sentido a esa zona del aeropuerto más allá del comercial, es el lugar idóneo para que la gente no se aburra (o se aburra comprando).
Un par de revistas no estarían de más para distracción durante el vuelo, cuya duración aproximada era de ocho horas. Varios minutos de indecisión y finalmente me decanto por clásicos: “National Geographic” en español y “GEO” en francés. Sin ánimo de ser repelente o de no querer compartir mis lecturas durante el vuelo, me movió a tal elección la necesidad de practicar/recordar lo aprendido durante el curso para que no se olvide.
Con cierto aburrimiento por los paseos “dutifriescos”, y como la hora de embarcar se acercaba, decidimos pasar por el restaurante self-service. Si no fuera porque la sed y el hambre querían participar, no habría dejado que me atracaran como lo hicieron en el citado establecimiento. Evito poner cantidades, pero confirmo que un refresco y una baguette (lo que viene siendo un bocadillo) me salieron por un riñón.
Como no podía ser de otra manera, no nos íbamos a librar de hacer cola. Nos esperaba la puerta B-25, y en ella varias decenas de personas. Otros vuelos también tenían su puerta de embarque en la misma zona así que la multitud que esperaba en las sillas, en el suelo o en la “zona de fumadores” era importante. Sobre ese habitáculo se podría escribir una tesis o incluso un doctorado. A mí, fumador pasivo, me resultaba tremendamente llamativo que en poco más de diez metros cuadrados se congregaran los “nicotinodependientes” para aprovechar los minutos previos a un vuelo en el que tienen prohibido siquiera pensar en fumarse un cigarro.
“Pasajeros del Vuelo UX051 con destino a La Habana” comenzaba a decir una amable locutora por los altavoces. Como si de la formación de la tropa de reclutas se tratara, fueron nombrando a los pasajeros cuyos asientos estaban al final del avión de forma que el avión se fuera completando sin atascos. Brillante idea, sin duda. Pese a los intentos, no fue posible que en el mostrador nos ubicaran a todos juntos. Situado en la fila 34, en uno de los asientos centrales, comencé a prepararme para disfrutar del vuelo: meditación tántrica para superar los nervios que pudieran aparecer en el despegue y pensamientos positivos. No es que haya experimentado muchos despegues (no más de dos en mis vuelos de ida y vuelta a Inglaterra) pero ello no impide apuntar unos ligeros movimientos en el despegue. Mi sensación, en todo caso, es que no se prolongó más allá de cinco minutos. Nos pusimos en ruta sin mayores dificultades.Siguiendo el manual de los buenos auxiliares de vuelo, era el momento apropiado para recordar las recomendaciones de seguridad para que el vuelo transcurriera con la normalidad deseada. El pasaje prestaba atención, a pesar de que más de uno tenía experiencia en transportes aéreos. Nunca está de más recordar esas nociones. Se puede decir que el vuelo ya había comenzado. El comandante nos recordaba la duración aproximada del vuelo y el tiempo que nos encontraríamos en destino, chubascos aislados. No por conocida esta última parte (Internet es fuente inagotable de información) se convertía en agradable la noticia. Quedaba la esperanza de que al llegar todo hubiese cambiado, el clima hubiera mejorado.
Una pequeña pantalla situada en la parte trasera del reposacabezas nos abría un mundo de posibilidades: información sobre el vuelo, con la duración del mismo, la distancia y la temperatura exterior; películas para entretenimiento; música para ambientarse; y una cuarta opción no disponible y que creo que podría ser conexión a Internet.
El hecho de que no estuviéramos todos juntos no impidió que nos comunicáramos. Esta tarea se convertía casi en una obligación después de meses de comunicación exclusivamente electrónica. Tengo cierta habilidad para los rostros de la gente (soy algo fisonomista), pero asociar nombres y caras me llevó al menos media hora en un grupo tan numeroso.
Si te parabas a pensar lo que había dicho el comandante, o lo que nos venía recordando nuestra pantalla, un vuelo de ocho o nueve horas podía parecer muy largo, incluso eterno. Al contrario de esa primera percepción, casi puedo decir que entre unas cosas y otras pude aprovechar el tiempo y en absoluto se hizo pesado estar tanto tiempo en el avión. Tuve mis momentos de lectura tanto con las revistas que arriba cité como con uno de los libros que llevaba y del que me faltaba poco para terminar. Aprovecho para recomendarlo a quienes ahora me dedican su tiempo, se titula “La tumba de Colón” de Miguel Ruiz Montañés. Dediqué parte del tiempo también a ver una de las películas que nos ofrecían, “El misterioso caso de Benjamín Button”. Al contrario de lo que suele ser habitual en mí, me tomé mi tiempo para verla con las pausa oportunas. No tenía prisas por llevarla de vuelta al videoclub. Tuve también algunas aportaciones a las conversaciones que iban surgiendo. No engaño a nadie, al principio me cuesta participar pero todo es cuestión de ir cogiendo confianza. La música también fue una de mis ocupaciones. Aunque había una selección de estilos musicales con diversas canciones de cada uno, lo cierto es que eché en falta mi propio reproductor musical que se quedó depositado sobre la mesa del ordenador en mi cuarto.
Un consejo que Rafa me había dado días antes fue inoportunamente descartado. Trataba sobre la conveniencia de llevar en el equipaje de manos algo que no fuera muy grueso pero que ayudara a combatir la fresca temperatura del avión. Hice precisamente todo lo contrario, pantalón corto y camiseta de manga corta. Craso error. Pretender que la “manta tipo papel de fumar” y la mini almohada fueran de utilidad era ser demasiado iluso. Pero ya que lo ponían a nuestra disposición no era cuestión de despreciarlos. Da gusto viajar cuando los auxiliares de vuelo se preocupan por ti con atenciones variadas. Con una rutina estudiada, pasan unas bebidas refrescantes (zumo, agua, cerveza) al principio del vuelo. Al cabo de unas horas te sirven la comida, con posibilidad de café o té de sobremesa. Luego vuelven a pasar bebidas refrescantes y cuando te das cuenta ya terminado el vuelo. No obstante lo anterior, no está de más llevar el aprovisionamiento propio en la bolsa de mano: patatas fritas, gusanitos, palomitas, gomitas…
El viaje llegaba a su fin. Para mi sorpresa la duración del vuelo no se hizo insoportable. La ilusión con que afrontaba esta nueva experiencia hizo eliminar cualquier tipo de temores o miedos en un desplazamiento tan prolongado en un medio de transporte que, más allá del uso de los pasillos, no te permite más movilidad. La desilusión inicial de no haber ocupado un asiento de ventana se tornó en felicidad –semejante a la de un niño con balón nuevo- cuando comprobé que detrás de Emilio y Gloria había un asiento de ventana disponible. En este caso me correspondía contemplar el aterrizaje desde la parte derecha del avión, pero ese detalle realmente no era importante. El mapa que mostraba la pantalla del reposacabeza mostraba la inminencia de la toma de contacto con tierras cubanas. Por la ventana se podían observar algunas nubes de poca importancia, al menos a 11.000 metros de altitud no parecían amenazantes. Comenzaba a verse tierra allá abajo y es algo que siempre me llama la atención. Comprobar cómo se acerca el avión a la zona de aterrizaje, después de miles de kilómetros volando sobre la inmensidad del océano, era una sensación en cierta forma tranquilizadora. En un momento dado el avión comenzó a descender suavemente. Sobrevolamos partes de la isla que nos quedarían inexploradas por quedar fuera del radio de acción de La Habana y Varadero, pero tampoco se puede conocer todo un país en una sola estancia, hay que dejar algo para poder regresar.
Las normas de seguridad se imponían nuevamente, todos debíamos permanecer en nuestros asientos y con el cinturón de seguridad abrochado. Mientras me recreaba con el descenso de la aeronave pude escuchar, como el resto del pasaje, que una muchacha de nacionalidad cubana reinterpretaba las normas de seguridad. Prestando algo de atención a la conversación con el auxiliar de vuelo dedujimos que la pasajera se había levantado al inicio de la maniobra de aproximación para aterrizar con objeto de coger de su equipaje de mano algún líquido relacionado con sus lentillas, haciendo caso omiso a las recomendaciones del auxiliar. El tono lo fue elevando progresivamente la doña, indignada porque a su entender le habían impedido de malas maneras que cogiera sus pertenencias y el líquido de las lentillas. Como elemento imprescindible de la indignación evidente que mostraba la pasajera caribeña, las amenazas de denuncia sobre el auxiliar de vuelo por su comportamiento. En ese momento intervino otra auxiliar de vuelo que puso un poco de orden en la actitud de la pasajera rebelde con un tono severo pero correcto. Le recriminaba que durante todo el vuelo no había sabido guardar las formas y que ya había superado el límite, que debía sentarse en su asiento hasta que el avión se detuviera. Ese incidente no impidió que continuara a lo mío, maravillándome con la aproximación a la pista del aeropuerto. Entre mi orden de prioridades no estaba prestar atención a una muchacha cubana que había decidido dar la nota. Aplausos de todo el pasaje celebraban que tomáramos tierra sin dificultades. Desconozco si es algo que se hace normalmente en los vuelos, me llamó la atención y por eso mismo lo comento. La locución de cabina del comandante nos agradecía haber escogido su compañía para volar, nos indicaba que la hora local eran las 19h y nos deseaba una feliz estancia. A continuación una auxiliar de vuelo nos indicaba las puertas por las que podíamos abandonar la aeronave: delantera y trasera. Curiosamente la puerta trasera no quedó habilitada y nuestra pasajera rebelde fue una de las últimas personas en abandonar su asiento. El cielo cubano sobre el aeropuerto lucía espléndido, soleado y sin nubes. Carlos me había comentado que la primera sensación que percibiera de mi descenso del avión sería a través del olfato. No recuerdo nada especial que me llamara la atención, ningún olor característico. La sensación que recuerdo es otra distinta, la humedad del ambiente. Probablemente no superábamos los treinta grados.
Breve traslado en autobús hasta el edificio del aeropuerto. Entramos en el edificio y la primera impresión produce un poco de acojone, personal variopinto de seguridad y médico con mascarillas protegiéndose; una cámara térmica (de apariencia similar a “Cortocircuito”) nos analizaba antes de llegar a los mostradores de Inmigración. Momento clave del viaje, donde se responde la pregunta que nos hicimos al recibir el visado en Madrid de la responsable de Air Europa: ¿lograremos entrar en Cuba? Para ser sincero, el momento de espera antes de llegar ante la agente de Inmigración me puso algo tenso por lo inesperado. No es lo mismo hacer ese control en el Aeropuerto de Liverpool que en el de La Habana por motivos políticos evidentes. La autoridad recoge la documentación del viaje y el pasaporte, realiza las oportunas comprobaciones tecleando al ordenador. Me invita a mirar a una webcam situada estratégicamente a la altura del rostro del viajero. La imaginación (o las películas vistas) te aporta diversas teorías sobre la función de la cámara, pero creo que lo único que hace es grabarte los rasgos físicos a la entrada al país (lo que viene siendo ficharte preventivamente). Todo está correcto cuando escuchas el timbre que te permite pasar la puerta. Oficialmente ya estás en Cuba.
Recogidas las maletas sólo faltaba encaminarse al autobús que nos llevaría al hotel, si bien era preciso una toma de contacto con la responsable de nuestro tour operador para confirmarles que habíamos llegado. Nos comentó que a la mañana siguiente teníamos una reunión en la que nos darían las reglas básicas de nuestra estancia en Cuba. En el camino ya pudimos ir comprobando cómo funciona el país, la propaganda política está al orden del día. El camino desde el Aeropuerto hasta el centro, unos veinte minutos en autobús, es una oportunidad maravillosa para ir colocando vallas publicitarias con mensajes variados. También es un avance para comprobar la pobreza de la población. Una vez en La Habana, varias paradas en los hoteles cercanos para dejar a los residentes que nos acompañaban en el vuelo. Llegamos a nuestra residencia en la primera fase de nuestro viaje: Hotel Plaza, situado en la calle Ignacio Agramante, nos daba la bienvenida. Interesante edificio que precisamente celebra su centenario. La distribución de habitaciones estaba en marcha, la cuarta planta nos esperaba. Al salir del ascensor pudimos comprobar que lo de la humedad no es cuestión de broma, es bien real. La habitación estaba bien, amplia y con un buen cuarto de baño de blancos azulejos semejantes a los de los servicios de los hospitales o las consultas de practicantes de los años sesenta. La hora que era, poco más de las 20h según el horario local (las 02h en hora española), recomendaba rápida ducha y bajar a cenar. Para evitar deambular sin rumbo definido, decidimos quedarnos en el restaurante del Hotel. Como no podía ser de otra forma, no lo puedo evitar, tenía que llevar la contraria. Todos pidieron el primer mojito de nuestra estancia caribeña, pero yo me decidí por una cerveza. Evidentemente no iba a ser Cruzcampo, pero el descubrimiento fue interesante: Cristal, suave de sabor. En cuanto a la comida, es probable que no recuerde todo lo digerido pero la primera sí queda grabada. Mientras otros pedían pizza o ensalada, me decantaba por un calzone (una pizza cerrada). Sin tiempo para mucho más, tocaba regresar a las habitaciones para recuperarse del maratoniano trastorno horario (resumido y en hora española): 7h, salida del pueblo de Rafa; 9h, llegada a Getafe; 11h, llegada al aeropuerto; 12h, tarjeta de embarque; 13h, paseos por el duty free; 15h, asiento en fila 34 del avión; 01h, llegada a Cuba; 02h, cena en el hotel.

Quillo sigue, que me dejas deseoso de conocimiento.
ResponderEliminarA ti no se te haría largo, pero la de las lentillas, casi protagoniza rebelión a bordo.
ResponderEliminarHabrá un segundo capítulo ¿no? De momento lo único cubano ha sido la auxiliar de vuelo y el avión.
Que mal rollo lo de los visados.
te nombro cronista mayor del Gran Viaje a cuba de los 15
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