Varadero

Temprano en la mañana teníamos la cita con el autobús que nos habría que conducir hasta Varadero. Si me paro a pensarlo un instante llego a la conclusión de que ni por asomo hubiera aceptado, semanas antes, la idea de hacer uso del despertador estando de vacaciones. La estancia habanera se caracterizó por despertares a tempranas horas, sin otro ánimo que visitar todo lo que fuera posible en el día. Con la maleta prácticamente recompuesta la noche anterior, subimos a desayunar al buffet libre.

Inquieto ante la espera del autobús, bajé a recepción a terminar de consumir la tarjeta de internet que había adquirido. Sin ánimo de ponerme como un "adicto al trabajo", mi intención sólo era revisar que no me hubieran comunicado que algún plazo había vencido y que había que presentar un escrito. Afortunadamente eso no sucedió.

La otra tarea que ocupó mi tiempo mientras bajaban todos los compañeros viajeros no fue otra que entrar en la tienda de souvenirs del hotel. Confieso que en esta ocasión mi comportamiento no fue muy correcto pues a menos de diez minutos para abandonar el lugar me puse a mirar camisetas conmemorativas del país y la ciudad, con las oportunas consultas sobre tallas. Al final dejé a la amable dependienta como quien dice con la palabra en la boca mientras me encaminaba al autobús. No fueron formas, lo reconozco.

Con gran alegría pude comprobar que el medio de transporte que nos llevaría hasta Varadero reunía las mínimas condiciones indispensables para el viaje que nos esperaba. La duración de nuestro transitar por carreteras cubanas era aproximadamente de dos horas y media. Para saber si era mucho tiempo o no de viaje nos faltaban datos sobre el estado de las carreteras, así que en principio no consideramos excesivo el tránsito hasta nuestra siguiente etapa cubana.

Es algo misterioso, no se sabe muy bien el motivo, pero lo cierto es que tenemos una cierta tendencia a ocupar los asientos que están en la parte final del autobús. Efectivamente así lo hice, me situé en el asiento de la ventana derecha y pude comprobar cómo dejábamos atrás nuestra estancia en la Capital Cubana con cientos de recuerdos en la mochila. Quedaron cosas por conocer, sin duda, así que tenemos la excusa perfecta para volver.

El trayecto no se hizo muy pesado. Pasamos por distintas localidades que ahora mismo no logro identificar. Observamos, de pasada, cómo es la realidad cubana más allá de la vida en las grandes ciudades. Me llamó la atención, como otras tantas veces, recorrer la autovía junto al mar. Es una sensación que embruja, tal vez sea porque en otra vida fui marinero o viví en un pueblo costero. Junto al mar, la vida es diferente. Estoy seguro.

Con una puntualidad digna de los moradores de la pérfida Albión, llegamos a nuestro punto intermedio del trayecto. Dos horas de viaje y una pausa, recomendable en todo viaje por carretera para evitar el cansancio. El lugar elegido no fue otro que el equivalente español a un bar de carretera convencional o un área de servicio de una autopista: aseos, bar, tienda de artesania y souvenirs.

En poco menos de veinte minutos pudimos alcanzar la zona hotelera que nos albergaría a los pasajeros del autobús. Fuimos parando en los distintos hoteles hasta completar el abandono total del meritado medio de transporte.

Nos recibía, en nuestro caso, el "Hotel Oasis 1920" de Varadero. Como corresponde al llegar a todo establecimiento hotelero la primera tarea que nos ocuparía sería la identificación previa (con la colocación de la pulsera all inclusive) a la asignación de las habitaciones. La primera noticia desagradable, las habitaciones no estaban preparadas. Bajo el argumento de que ya éramos portadores de la "pulsera mágica" y que podríamos hacer uso de las instalaciones del hotel, nos intentaron convencer de que la molestia no sería grande. Cuestión discutible.

La segunda noticia era incluso más desagradable que la anterior, habían comenzado a realizar el dragado de la playa para recomponer la arena. Este dato nos lo comunicaban en recepción y nos aportaban un díptico informativo. Nuestro nivel de indignación incrementó exponencialmente (lo que quiera que signifique esa expresión matemática) hasta cotas insospechadas para un período vacacional.

Buscando un poco de relax y rebajar los ánimos algunos decidimos comprobar las instalaciones. Mi opción estaba clara, aunque fuera en los aseos iba a cambiar mi atuendo por algo refrescante que me permitiera comprobar las bondades acuáticas de las instalaciones (lo que viene siendo la piscina), previo paseo por las instalaciones que pudieran ser visitadas. Resultaba desolador que la zona playera más cercana estuviera tomada por maquinaria pesada. El caminar me derivó hacia la zona oriental de las instalaciones, buscando una segunda playa. Puede ser la costumbre, puede ser la comodidad, lo cierto es que pensar en un paseo de diez minutos no era lo más apropiado para tomar un baño costero. La decepción me hizo regresar, otros compañero inspeccionaron la totalidad de la arenosa instalación. Mi regreso tuvo su refrescante recompensa doble: baño en la piscina principal seguido del oportuno mojito (pensar que sólo tomaría uno es de iluso, como puede comprenderse). El tema de conversación no podía ser otro que el relativo a las dificultades encontradas desde prácticamente el inicio de nuestra llegada al establecimiento hotelero.

Llegado el momento adecuado, decidimos dirigirnos al buffet libre para tomar el almuerzo. Tampoco en esta ocasión tuvimos suerte, sólo una parte del amplio salón estaba habilitado con mesas para comer. Haciendo caso a las razones que nos exponían, y no sin continuar con nuestro enfado, logramos localizar sitios en los que sentarnos a tomar algo de lo que a esa hora quedaba de comida.

No es el momento ni el lugar para comentar las incidencias que tuvimos, estamos trabajando en la oportuna queja. Lo importante es que, tras una reunión con los responsables del establecimiento, logramos que nos trasladaran a otro hotel de la cadena que estaba a unos 10 minutos por carretera. Por supuesto que los costes correspondientes fueron sufragados por el hotel inicialmente previsto. Si tengo que ser sincero, la reunión que tuvimos fue medianamente tranquila y transcurrió por los cauces normales. Como dato, el Director del hotel era andaluz, sevillano para más señas. Pareció comprender nuestras quejas, a pesar de considerarlas por un poco exageradas. No importa, según indica la máxima internacionalmente aceptada: el cliente siempre tiene la razón.

Seguramente que todo el mundo ha tenido la sensación de estar en una situación que ya ha vivido con anterioridad en un sueño, el famoso dejá vu que dirían los habitantes del país galo. Volver a estar en la recepción de un hotel mostrando pasaportes y cumplimentando los datos de cliente por segunda vez en un mismo día se asemeja a tal sensación. Nos recibía el “Hotel Brisas del Caribe”, desconozco si estaban advertidos de lo “peligroso” que éramos como clientes. Por la hora del día que nos ocupaba lo que más nos preocupaba era ocupar nuestras habitaciones y comenzar a dar uso a las instalaciones.

La visita a la playa no se demoró mucho, había que desquitarse por las malas experiencias vividas horas antes. El efecto del medicamento suministrado en vena fue inmediato, los lamentos y las quejas desaparecieron por arte del contacto con el salado líquido de esa zona de la costa cubana. El tiempo que faltara hasta la cena la verdad es que no importaba mucho, por fin podíamos decir que la estancia en Varadero comenzaba en toda regla. Bien rica que supo la cena de buffet libre, nuevamente olvidábamos las circunstancias vividas durante la mañana y la sobremesa. Al salir del comedor nos esperaba un espectáculo en la piscina a cargo de un grupo de animadores. A pesar de descubrir inmediatamente que la piscina no tenía más que 125 centímetros de profundidad, lo cierto es que la coreografía estaba bien montada y merecía la pena verla. Cuando finalizó había que buscar una diversión, nos dirigimos hacia la discoteca de las instalaciones hoteleras. La pista a nuestra disposición, sin problemas para acceder a la barra y el disc-jokey a nuestra disposición. Una sesión de bailes a ritmo de música caribeña, como no podía ser de otra forma. Las peticiones musicales fueron realmente limitadas pues nuestras solicitudes apenas podian ser satisfechas por desconocimiento del profesional musical, a excepción hecha de los grandes éxitos fabricados para su exportación mundial.

La noche ya caía sobre Varadero y la mayoría del grupo se dirigía a sus habitaciones a descansar. Algunos hicimos una breve parada para conversar bajo el cielo estrellado, disfrutando de una agradable temperatura ambiente. Quedaba cerrada nuestra primera estancia en la parte oriental de nuestro viaje cubano. Tal vez demasiadas experiencias, no todas agradables, desde nuestra llegada. Lo cierto es que las sobrellevamos razonablemente bien y fuimos capaces de desconectar para aprovechar el resto de los días playeros.

Horas más tarde volvimos a reunirnos todos, de forma paulatina, para comprobar las bondades del desayuno al estilo buffet libre. Café, leche, zumos, frutas, diversos tipos de charcutería… la oferta era seductora. En mi particular visión de las circunstancias, tener todo a mi disposición no hacía nacer en mi interior un voraz apetito. El trámite, como de costumbre, lo zanjé con café y tostadas.

Sin mucho tiempo que perder, se hacía preciso subir a la habitación a por los accesorios precisos (toalla y cremas protectoras) para dejarse caer sobre la tumbona de la playa. ¿Puede haber algo mejor que hacer que contemplar el apacible mar caribeño durante tus vacaciones? La respuesta se presupone pero de todas formas la menciono, no. Tiempo para conversaciones, baños y algo de relajación. Junto a nosotros teníamos una pista de voley playa que no nos llamaba la atención de forma especial. Minutos después de estar en posición de recibir rayos solares comprobamos que unos turistas se disponían a darle uso al mencionado campo deportivo arenoso. Unos breves instantes de duda y seguidamente nos decidimos Emilio, Sebas y yo a plantearle un partido amistoso a los deportistas huéspedes. La comparación física, en fin, mejor dejarla de un lado. Evento internacional, de un lado Rusia, del otro España. Unos centímetros de diferencia en el trío inicial, pero no importaba, se trataba de echar un rato haciendo algo distinto a estar en posición horizontal sobre la tumbona. No hicimos un seguimiento exhaustivo de los puntos, pero creo que no exagero si digo que ganamos el partido. La aportación de Sebas fue fundamental, sobre todo porque observó con criterio que uno de los contrincantes bajaba el listón y suponía una rémora en el equipo ruso. Conclusión, hacia él mandábamos los balones conscientes de su limitación.

Después de algunos revolcones por la arena durante el momento deportivo del día era obligado sumergirse en las caribeñas aguas. Sin prisas pero sin pausas, era igualmente obligatorio hacer el camino hacia el bar o ambigú de la piscina para reponer líquidos con diferente graduación alcohólica.

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