Amanece un nuevo día, el primero plenamente cubano. Adaptados a la hora local, la primera tarea del día era desayunar y a ello nos dirigimos. Si hubiéramos prestado atención a la recepcionista, no habríamos bajado a la planta baja en busca del bufet. Afortunadamente estábamos en el horario y en la quinta planta teníamos a nuestra disposición las distintas opciones de consumo.
¿Reunión con el operador a las 10:45h? Demasiado tarde. La cara de sorpresa de la encargada de la charla no fue pequeña cuando nos vio aparecer a los quince en el Hotel Sevilla. El tiempo hay que aprovecharlo al máximo, son tantas las cosas que hay que visitar. Nos estuvieron ampliando las nociones que a la llegada nos comentaron en el autobús que nos traía desde el Aeropuerto, cuestiones básicas para nuestra estancia en territorio cubano: monedas y sitios donde realizar los cambios sin sorpresas; compras de habanos y ron sin dificultades aeroportuarias; posibles excursiones de nuestro interés…
Volviendo sobre nuestros pasos, regresamos hasta nuestro hotel como punto de partida. La suerte de contar con varias guías de viajes y de personas con un plan de visita facilitaba el recorrido que habrían de seguir nuestros pasos. En cuanto a la humedad, recomendable no olvidar las botellas de agua de distintos tamaño. Nuestra primera parada, por la cercanía de nuestro hotel, no podía ser otra que frente al Capitolio. Maravilloso edificio que en su día cumplió funciones legislativas y que actualmente está dedicado a la Academia de las Ciencias. Continuando con nuestro paseo habanero avanzamos unos metros más para situarnos en un parque junto al Capitolio. A la derecha podíamos observar la fábrica de puros de la marca Partagas. No muy lejos de allí, el barrio chino. ¿Es posible que haya ciudad en este mundo sin un barrio chino? Evidentemente la pregunta es retórica.
Con la inestimable ayuda de nuestra guía de referencia, por expresa recomendación de su propietaria, tocaba encaminarse hacia la cercana calle Brasil. ¿Y por qué esta calle? La respuesta la tiene un local –de nombre Hanoi- en cuyas mesas se recomienda hacer parada. No faltan razones para dedicar unos minutos al descanso mientras se saborea un maravilloso mojito. Ni punto de comparación con el que probaron mis compañeros de viaje horas antes en el restaurante del hotel. La temprana hora no era apropiada para la comida, al menos para nosotros como personas habituadas al horario español. Trataban de convencernos para el almuerzo pero decidimos seguir nuestro rumbo. Seguimos avanzando por la calle del país que atraviesa el río Amazonas y comprobando la forma de vivir de los habitantes de La Habana: desde quienes trabajaban o se formaban en distintos talleres ocupacionales, auspiciados por entidades españolas (del País Vasco) y canadienses, hasta quienes se limitaban a pasear por las aceras. Los datos oficiales (es decir, la propaganda) hablan de un índice de ocupación laboral de pleno empleo, con una tasa de paro de apenas el 2%, pero lo cierto es que a nivel de calle esa estadística no se sostiene. Encontrar por la calle a la mayoría de la población habanera es un dato irrefutable.
Llegamos a la confluencia de la calle Brasil con la calle San Ignacio, lugar donde nos encontramos con la plaza donde está situado el Centro Nacional de Artes Plásticas Wilfredo Lam. Con un gusto estético opinable, encontramos la escultura un gigantesco abanico de autor no conocido por quienes allí nos encontrábamos. Pero no fue lo único que nos llamó la atención, lo realmente llamativo fue encontrar una tienda de la marca Paul Shark en uno de los soportales de la plaza, al lado del referido edificio artístico. Nuestro trayecto continuaba, ahora por la calle Murallas, hacia la calle Oficios donde había un museo digno de visita y con exposición de vehículos antiguos. Debo confesar que lo he averiguado posteriormente y por eso aprovecho la ocasión para comentarlo: paralela a la calle Oficios (en la Avda. del Puerto, concretamente en la calle San Pedro) teníamos la opción de haber visitado el museo del ron, edificio usado por la Fundación Havana Club. En cuanto a la exposición automovilística, fue realmente interesante ver vehículos de otras épocas distintos de los que aún circulan por la calle y que datan de los años sesenta del pasado siglo veinte. Como no hubiéramos encontrado por el camino pequeñas tiendas de artesanía, la calle Oficios no fue una excepción. Ello suponía pequeños parones para analizar la calidad y precio de los productos.
La evolución de nuestro paseo habanero nos llevó a continuación a la plaza junto a la Basílica Menor de San Francisco de Asís. Frente a nosotros, la terminal del puerto. Unas fotos de rigor y continuamos avanzando. Nuestra siguiente parada estuvo en la Plaza de Armas, junto a la que tenemos una fortaleza visitable. El monumento llamó la atención a parte de los turistas del grupo, que decidió visitarlo. El resto optó por averiguar la ubicación de la Catedral y de paso conocer las bondades de “La Bodeguita del Medio”, lugar de culto para tomar mojito. Es curioso que la espera no se nos hizo eterna, tal vez el brebaje tiene algo que ver en esa cuestión. Al regreso de los turistas de la fortaleza, como no podía ser de otra forma, era obligado pedirse otro combinado caribeño para el general disfrute de todo el grupo antes de comenzar la búsqueda de un lugar donde comer.
La tarea no era fácil, el reloj se mostraba implacable y el calor apretaba. Nuestro deambular habanero, con rugir de los estómagos, requería rápidas actuaciones. Entre las opciones barajadas quedó de inmediato descartada la gastronomía oriental, no parecía serio entrar en un restaurante chino en La Habana. Todo tiene su recompensa, los minutos de búsqueda no fueron en vano. Junto a la Plaza de Armas localizamos un local que tenía buena pinta, al menos echando una vista a su carta. Para confirmar este extremo realizamos un encargo Iván, el negociador, que se encargó de preguntar en el local las posibilidades de precio para quince comensales hambrientos. Las gestiones fueron productivas, conseguimos un buen precio y la primera bebida (nacional) gratis. Nos situamos en nuestra mesa y comenzamos la decisión de los platos y bebidas a consumir. Para no perder la costumbre, el servicio va a su ritmo. La espera mereció la pena, es de ley reconocerlo, la comida estuvo buena y además tuvimos acompañamiento musical. A petición de los comensales, Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina estuvieron presentes.
Se hizo duro levantarse de la silla, pero había que seguir con la ruta. No muy lejos de la zona había un mercadillo y no era difícil suponer que nos detendríamos a echar un vistazo. La idea no era especialmente grata para el sector masculino del grupo, pero los regalos a familiares y amigos obligaban. Sol de justicia, estrechas zonas de transito entre los distintos puestos, la verdad es que era preferible mantenerse fuera de la zona comercial. Tras el momento consumista decidimos continuar nuestra ruta turística. Nuestro siguiente objetivo no era otro que el afamado malecón. Tocaba cruzar la avenida al estilo cubano, por cualquier parte y con algo de precaución por si algún conductor, en un exceso de celo, no respetaba a los imprudentes peatones. Emocionado por la interesante caminata que llevábamos, crucé corriendo y cuando llegué a la otra acera estuve a punto de sufrir un percance por no haber divisado un cable. Logré saltarlo de casualidad y terminé en medio de una zona militar. No fue el cartel que colgaba del cable sino un amable soldado que me invitó a volver a zona civil. El momento humorístico del día ya estaba servido, los compañeros se reían de mí mientras yo recapacitaba sobre la posibilidad de haberme quedado sin dientes con una breve estancia en calabozos, no se deben olvidar las circunstancias políticas del país. Es una auténtica maravilla vivir cerca del mar, cada vez que paseo por Cádiz (“La Habana con más salero”) siento sana envidia de quienes pueden disfrutar del mar y de sus atardeceres. Llegamos a una pequeña zona de bancos y jardines, antes de pasar junto a un pequeño faro. No es el momento ni el lugar de recordar a dos tontos cubanos indeseables, no lo merecen. Los compañeros de viaje saben a qué me refiero, al resto sólo les puedo decir que no merece la pena conocer esa desagradable experiencia.
La verdad es que el sentimiento generalizado fue de algo de decepción. Tal vez nos esperábamos otra cosa después de haberlo visto en reportajes y fotos. La realidad es bastante distinta, el estado en que se encuentra (en reparación en algunas de sus zonas) y los edificios que encuentras en frente, muchos en estado ruinoso, te quitan las ganas de pasear por el malecón. Sobre los edificios es conveniente recordar que si apenas les llega el sueldo para sobrevivir, difícilmente se pueden plantear rehabilitar o restaurar edificios. Parte de los componentes de la expedición decidieron que no era preciso recorrer todo el malecón. Otra parte sí optó por continuarla un poco más. Aprovechamos la ocasión para ir fijando la hora en que estar preparados para buscar un lugar para la cena. El recorrido de vuelta, para los que regresamos con posterioridad, estuvo marcado sin duda por la visión más dura de la realidad cubana. Me refiero a la calle Neptuno. La pobreza se podía comprobar sin disimulo a lo largo de toda su extensión. Casas bajas con habitáculos reducidos donde residen (e intentan hacer vida) no menos de cuatro personas en una situación de claro hacinamiento. El camino de regreso al hotel, en este último tramo, se hizo especialmente duro.
Una breve pausa para el adecentamiento personal, con posibilidades de relax sobre la cama de la habitación, y comienza la ruta nocturna. Una breve tormenta nos daba la bienvenida a nuestra estancia cubana. Ya nos habían comentado que por las tardes suelen ser habituales. En esta ocasión teníamos claro que evitaríamos el restaurante del hotel y nos buscaríamos un sitio que estaba recomendado en la guía que tan buenos consejos nos estaba facilitando. La situación del establecimiento no era distante del hotel, estaba frente al Capitolio. Nuestra quincenal presencia en la puerta del local nos facilitó la pronta entrada para sorpresa generalizada. La parte menos grata estuvo en el trayecto hacia la parte más alta del edificio, uno de los tramos de escalera estuvo adornado con un olor que ahora mismo no sabría describir pero que era altamente desagradable. Pasado ese mal trago, tuvimos la mesa preparada en cuestión de unos minutos. Amago de rapidez pues la ronda de bebidas tardó varios minutos más de lo preciso. El tiempo se prolongó también cuando vimos la carta, fue preciso ir preguntando al camarero qué componía cada plato. Creo que la opinión puede ser compartida, la elección del sitio fue acertada porque los platos estuvieron bien servidos. Algunos no pudieron terminarlos. El pequeño fallo, el local que realmente recomendaban estaba en la planta primera y responde al nombre “Los Nardos”. Nosotros estuvimos en “El asturianito”. La diferencia entre ambos no es muy sustantiva, pues comparten cocina. Este dato lo supimos al ver cómo los camareros subían o bajaban con platos. Como no podemos pasar inadvertidos allá por donde vamos, y siendo la ocasión especial como era, Maty se encargó de hablar con los camareros para que en un momento determinado apagaran las luces y pudiéramos sorprender a Iván. ¿Puede haber algo más especial que celebrar un cumpleaños en Cuba? No, aunque sin ánimo de anticipar acontecimientos todavía quedan sorpresas por contar. Sobre una porción de tarta que pudieron localizar en el restaurante a esas horas apareció una vela. Como no tuve el gusto de probar el mencionado postre, no tengo opinión sobre su textura o dulzura.
Resuelta la cuestión monetaria, abandonamos el local. En previsión de no tener que hacer cola la noche siguiente, nos encargamos de comentar que volveríamos pero que en esta ocasión preferíamos que la cena se produjera en “Los Nardos” sobre las 21 horas. Emprendimos el camino de vuelta hacia el hotel.
Tras haber recibido los oportunos consejos sobre los lugares en los que moverse por la noche habanera, finalmente nos decidimos por desplazarnos hasta la “Casa de la Música” de la zona de Miramar. La siguiente tarea era localizar los cuatro taxis necesarios para que pudiéramos desplazarnos. En unos diez minutos estábamos ante la puerta del local donde un amable cubano nos indicaba las opciones que teníamos: el local de la planta baja, o el de la planta de arriba (denominado “Diablo Tuntun”); en ambos casos con entrada por un precio de 10 CUC. Nuestra propuesta combinada de entrada en ambos locales por un mismo precio no tuvo fruto, así que finalmente nos decantamos por entrar en planta baja. Mi primera sensación, más allá de la que comento en breve, era como si nos hubiéramos trasladado a los años ochenta a uno de los espectáculos de sábado noche producido y dirigido por el afamado ventrílocuo que ahora no me apetece mencionar. Como si fuera un teatro, en lo que podríamos denominar “patio de butaca” había dispuestas una serie de mesas de aluminio –mayoritariamente redondas, si no recuerdo mal-. Al fondo, en posición elevada de unos dos metros, el escenario donde los distintos grupos salseros iban interpretando sus repertorios. Para quienes no estamos acostumbrados a uno de los géneros musicales del Caribe, las canciones parecían todas la misma. A eso tenemos que unir que el sonido no era muy bueno o que el técnico encargado de tal labor había dado prioridad a la música antes que a la letra, quitando protagonismo a los intérpretes cuyas voces apenas se oían.
Le gustará más o menos al Gobierno que rige la isla, realizará esfuerzos mayores o menores para impedirlo, pero la realidad es que el turismo sexual existe. No sé si la excusa del jineterismo es válida, mi opinión personal es que no. A diferencia de los sigilosos ofrecimientos que nos habían realizado distintos encargados del hotel, en esta ocasión eran las propias muchachas –de edad no muy superior a los dieciséis años- las que paseaban por el local seleccionando (o atacando) a sus clientes. El diálogo entre dos de las muchachas, escuchado por Rafa al entrar al local, servía para tomar conciencia de que no éramos víctimas propiciatorias. Nuestro abultado grupo, de mixta composición hombres-mujeres, suponía un handicap importante. Como dice la sabiduría popular, los toros se ven mejor desde la barrera: las maniobras de selección de clientes era digna de análisis, acercamientos en parejas hacia quienes podían reunir los requisitos aptos para el abordaje del asunto en cuestión. Con la finalidad disuasoria de que no se realizaran maniobras sospechosas, y con cierto aire cómico, desde el propio servicio de caballeros había un espécimen de rasgos de guardaespaldas que cada cierto tiempo abría la puerta y comprobaba que todo transcurriera con normalidad, es decir, sin emplear la zona en cuestiones amatorias y/o sexuales. Nosotros fuimos a lo nuestro, unos bailes salseros y unos cubatas, con unas risas también al comprobar cómo funciona una famosa “Casa de la Música”. La necesidad de recuperar fuerzas para el día siguiente nos hizo abandonar el local a una hora prudente. Para nuestra sorpresa, a la vuelta en coche observamos una concentración nocturna en el malecón. Pronto supimos qué motivaba tal encuentro, es el lugar de reunión de gays, lesbianas y hasta transexuales. Es curioso comprobar que pese a la probable penalización de la condición sexual, se permite un punto de encuentro en tan señalado lugar habanero.
Amanecía el tercer día de nuestra estancia habanera. Nos tocaba hacer la ruta con nuestros taxistas particulares. A través de Emilio localizamos a nuestro guía local, Julio, que se encargó de encontrar a otros tres compañeros que nos transportaran por la ciudad. Como más o menos ya teníamos un recorrido acumulado, el primer punto que nos interesaba conocer no era otro que la famosa Plaza de la Revolución. En el trayecto volvimos a comprobar la realidad cubana, difícilmente disimulable.
Con total sinceridad puedo decir que lo que más me llamó la atención de aquella explanada fue ver en directo el edificio en cuya fachada está “dibujado” el rostro de Ernesto “Che” Guevara. Desconozco, más bien no recuerdo, qué Ministerio tiene su sede en el citado edificio. Varios son los edificios oficiales que se ubican en la zona, sin olvidar uno de los centros neurálgicos del país que no es otro que un cuartel general con el perímetro oportunamente vigilados por militares. Se incluye también, como no podía ser de otra forma en la Ciudad y en general en el país, un monumento a José Martí. Complemento del mismo marmóreo elemento artístico está el “Memorial José Martí” donde se puede ascender a un mirador de 134 metros de altura para divisar toda La Habana desde sus 360º. Ni que decir tiene que la entrada no es gratuita, y existe la posibilidad de suplemento en caso de llevar cámara de video o de fotos. Sin entender todavía la motivación con el paso de los meses, al entrar en el ascensor la encargada de su manejo nos obsequió con un diploma que certificaba que habíamos acudido a visitar el Memorial. Como si el meritado documento nos diera créditos de libre configuración en alguna universidad española. La ideologización de un país comienza con una cabeza pensante que observa la realidad y busca la forma de cambiarla. Esa fue la función vital del ideólogo revolucionario por naturaleza, padre de la patria cubana. Sin que dejaran de ser sorprendentes algunas de las frases expuestas junto a elementos personales del homenajeado en el Memorial, lo que me llamó poderosamente la atención fue presenciar el comportamiento de un grupo de escolares de unos diez o doce años. A modo de un concurso televisivo, rivalizaban por responder a cada una de las preguntas que les hacían sobre la vida, obra y milagros del personaje histórico. Indignación suprema al comprobar el adoctrinamiento de tan jóvenes representantes de la patria cubana. La suerte de no haber vivido en mis años de escolarización algo parecido me hace valorar más haber nacido y crecido durante la Transición española.
Nuestras ganas por conocer mejor la cultura cubana nos conducía inevitablemente a una fábrica de ron. No sabría reproducir la zona donde estaba ubicada, pero sí puedo afirmar sin miedo a equivocarme que no había glamour ni lujo en los edificios colindantes. En la entrada encontramos un cartel que mostraba “Legendario”, bebida de creciente consumo por tierras hispanas. Para ser sinceros, la imagen no dejaba de ser bucólica: las barricas de roble apiladas en varias salas. Las comparaciones con las bodegas de Jerez o de Valladolid, por citar unos ejemplos, son realmente odiosas por mucho que digan que el tamaño no importa. Unas fotos para el recuerdo y la típica compra de botella de ron a un precio realmente inigualable según nuestros guías, 8 CUC. Tal oferta bien merecía la adquisición de un envase de dorado líquido cubano, pero no todos se apuntaron. Desconozco sus motivos, pero he de reconocer que no se equivocaron al rehusar la compra, en un supermercado cercano al hotel encontramos la misma botella al maravilloso precio de 6 CUC. Una anécdota que no puedo olvidar de nuestra visita a la fábrica, las etiquetas de las botellas ya indicaban que el distribuidor es valenciano. Esto te lleva a replantearte que realmente el establecimiento en el que nos encontrábamos estuviera actualmente en funcionamiento, y en caso de que así fuera tendría que haber miles de ellos a lo largo de toda Cuba para abastecer al exigente mercado ronero del sur de España.
La siguiente parada en nuestra ruta automovilística nos llevó a lo que nuestros guías denominaron “el pulmón de La Habana”, la única zona verde de la ciudad. Como zona de esparcimiento no estaría mal si lográramos olvidarnos de la pestilencia que desprendía el caudal fluvial cercano. Sobre el terreno pudimos ser testigos de una sesión fotográfica con escenarios naturales. Hasta ahí todo normal si no fuera porque la principal protagonista del reportaje no contaba con más de catorce años y su indumentaria de baño hacía suponer que, en ausencia del poco recomendable chapuzón, las poses y posturas que adoptaba tenían más un cariz erótico que artístico. Quienes la acompañaban parecían ser sus padres y posibles responsables de la idea de posar en tal “idílico” lugar. Cada uno que saque las conclusiones que estime oportunas.
Para que nuestro recorrido no fuera incompleto, camino de la siguiente parada monumental, pasamos por una de las zonas más exclusivas de La Habana: la Quinta Avenida, en el barrio de Miramar. Es el lugar apropiado para que se establezcan las empresas multinacionales que operan en la Isla, así como la mayoría de las Embajadas. Honrosa excepción constituye la Embajada de España, ubicada en un bello edificio sito en La Habana Vieja. No estaría completo el retrato de tan privilegiada zona si no vivieran en el mismo parte de la familia Castro. Continuando con nuestra ruta, tocaba visitar el Santuario de Nuestra Señora del Cobre. No se puede comparar con la Catedral de La Habana, sobre todo teniendo en cuenta que no llegamos a visitarla, pero no se descarta para una visita. Nos gustó su estilo moderno, la amplitud de su única nave, sus pequeños retablos laterales.
Como si de una maldición se tratara, la hora de comer nos perseguía. Decidimos regresar a La Habana Vieja para hacer la pausa del almuerzo. En esta ocasión estábamos dispuestos a comprobar las bondades culinarias del Hanoi y hacia allá nos dirigimos. Desconozco exactamente cómo transcurrió la conversación, no estuve presente, pero terminamos prescindiendo de nuestros taxistas. Pudo ser un desacuerdo en la cuantía a recibir, o tal vez en la necesidad de parar para comer (una pausa que podría ser de dos horas) y después retomar la gira. Sea como fuere, recibieron lo pactado y se volvieron a sus respectivas casas o adonde estimaran conveniente desplazarse.
De forma casi inmediata, nada más atravesar la puerta del establecimiento, ya teníamos nuestra mesa preparada. Los atentos camareros nos comentaban las bondades del menú del día. Para mi opinión, nuevamente volvimos a acertar pues la comida fue completa y el precio bastante razonable. La sobremesa, de forma poco sorprendente, estuvo aderezada con un poco de música en directo. Incluso tuvimos sesión de baile, el cantante se animó a solicitar a una voluntaria acompañante de baile. Nuestra compañera, Maribel, puso todo de su parte, pero sentirse observada creo que no fue de mucha ayuda. Nuestra conclusión, al menos en mi experiencia, el local bien merece regresar tanto por la comida como por el mojito.
Regresamos al hotel con la mente puesta en una excursión que no nos podíamos perder, conocer la heladería “Coppelia” que aparece en la película “Fresa y Chocolate”. Nuestro transporte requería capacidad elevada. A falta de confirmarlo con la foto que al efecto nos hicimos, creo que entramos ocho personas en el vehículo sin contar al conductor. En unos diez minutos llegamos y nos dispusimos a averiguar la dinámica del lugar. Haciendo cola se encontraban los naturales del lugar, mientras que a los turistas nos acercaban a otra zona donde no era preciso esperar. Me llamó la atención no tanto la cantidad de sabores (limitada, como pueden comprender) ni las posibilidades de presentación sino la forma de establecer el precio. Una vez que te decides por tu combinación, te pesan el helado y te cobran tanto como pese en gramos: 285 gramos = 2’85 CUC. Una vez degustado nuestros helados nos volvimos al malecón dando un paseo. Nuestro deambular nos hizo pasar junto al “Hotel Habana Libre”, en cuyo último piso dicen que hay una afamada discoteca. En la misma calle hay una “Casa de la Música”, pero precisamente por la zona donde se encuentra no nos recomendaron acudir. Nuestra siguiente parada no era otra que el famoso “Hotel Nacional”, que no distaba mucho de la heladería referida y al cual llegamos en unos minutos de tranquilo paseo. Realmente es una maravilla de hotel, entramos para echar un vistazo por recepción y merece la pena pasear por él. Otra cuestión será a la hora de optar por alojarse en él, pues sus cinco estrellas no son fruto de la casualidad y tienen consecuencias económicas.
El tiempo apremia, incluso estando de vacaciones. Tocaba cerrar la tarde para ir preparando la noche. Entre las variadas formas de regresar al hotel hubo quienes se decidieron por el taxi tradicional y quienes optaron por los “coco-taxis”. En mi caso preferí no arriesgar mi escultural cuerpo en esa suerte de ciclomotores triplaza conforma de casco y llamativo color amarillo.
Al sabor de un daiquiri suena mejor cualquier experiencia en los medios de transportes habaneros. En la ingesta de unos combinados nos entretuvimos antes de regresar al hotel. El lugar propicio para tal tarea no es otro que el “Floridita”, local cercano al Capitolio. Entre sus especialidades se encuentran el mojito y el daiquiri, hecho que no por conocido o supuesto quita mérito al establecimiento. Como si fuera algo novedoso, también conoció este lugar el Sr. Hemingway, de nombre Ernesto. Una escultura a tamaño natural lo recuerda. No resulta difícil ser escritor afamado y conocer los mejores lugares, habaneros en este caso, sean de comida o bebida. Estaría feo disfrutar del momento parcialmente, así que hicimos de avanzadilla mientras regresaban los usuarios de “coco-taxi”. En esta ocasión me decanté por un daiquiri tradicional, lo había de distintos sabores (entre ellos de fresa). Comprobar en directo “la ceremonia” de elaboración tenía su interés. Se me ha quedado grabada la imagen de la batidora de estilo americana, con sus seis o siete velocidades.
En el camino de vuelta al hotel pasamos por una “galería comercial” y entramos en un supermercado donde parte importante del género eran bebidas alcohólicas. Fue sorprendente encontrar que la misma botella que habíamos conseguido a un maravilloso precio en la “fabrica” de Legendario estaba como a 2 CUC más barata. El sentimiento de estafa estaba servido en el grupo.
Con el tiempo justo logramos asearnos y ponernos guapos. Algunos (uso el plural sin distinguir entre géneros) lo tienen más fácil, a otros nos cuesta un poco más. Dejaré que las fotos atestigüen quién o quienes resultaron más agraciados tras su paso por el cuarto de baño.
Nuestro rumbo estaba prefijado desde la noche anterior cuando abandonábamos “El Asturianito”. La fallida experiencia nos hizo reservar para cenar en nuestra última noche en “Los Nardos”. Para nuestra sorpresa resultó que la persona con la que hablamos la noche anterior no estaba trabajando y no lo había comentado con sus compañeros, a nadie le indicó nuestra numerosa reserva. Como a todo hijo de vecino, nos tocó esperar la cola que había para entrar en el local. Tiempo para charlar. Los lugareños no podían resistirse a acercarse para hablar con nosotros. En esta ocasión le tocó a Rocío recibir la conversación de un muchacho que, con peculiar estilo –que no reproduciré por respeto-, deseaba demostrar su amor. Costó trabajo hacerle a entender a este joven, y a su observador amigo, que no teníamos ganas de que estuviera a nuestro lado porque comenzaba a molestarnos. Tras varios minutos, captó el mensaje. Las incidencias nocturnas no pararon ahí pues junto a Rafa se situó un joven que estaba interesado en conocerlo. Llamativa fue la forma elegida para hacerse notar. Según nos comentaba nuestro compañero viajero, en dos o tres ocasiones le hizo gestos lascivos con su boca. Afortunadamente no presencié esa “habilidad seductora”. Complemento de esos gestos fue su “postura de coqueteo”, que en términos deportivos –en el baseball, deporte seguido ampliamente en la Isla- se conoce como “esperando a la segunda base”. En un momento dado el “habanero seductor” desapareció de la zona para alivio de Rafa, agobiado por la situación. Falsa alarma, el muchacho sólo se había retirado para ir a comprar una bebida refrescante. Sólo Rafa puede expresar cuánta fue la felicidad que sintió al subir al restaurante.
Una vez arriba nos tocaba esperar. El lugar ya era distinto, con otro ambiente y la espera era más amena. La comparación con el local de la noche anterior no es posible. Compartir la cocina en ambos locales es la única semejanza. La decoración, inexistente en “El Asturianito”, hace acto de presencia en el local de la planta primera con muebles en madera que quien escribe –en su escaso conocimiento- podría calificar de caoba. Al cabo de unos diez minutos logramos acceder a nuestra mesa y comenzaba nuestro enfrentamiento con la carta, si bien contábamos con la ventaja de conocerla ya la noche anterior, lo que facilitó la elección de los platos. Es la opinión común, estoy seguro, era la noche de Rafa. Uno de los camareros, con ciertos rasgos amanerados, se fijó en él y eso nos ofrecía la posibilidad de reírnos un rato entre plato y plato. Llegado el momento de poner fin a nuestra estancia comprobamos una vez más la habilidad local para distraer dinero. La cuenta traía dos cantidades distintas, una de ellas tachada. Eso nos llevó a pensar que la propina estaba ya incluida en virtud de la diferencia entre una y otra cantidad. Esa no fue la opinión del camarero, quien intentaba convencernos de que la propina no estaba incluida y se mostraba contrario a aceptar la que le dejábamos. Necesitó acudir otro camarero pues la situación iba subiendo en intensidad. Nada cambió en nuestra postura, la propina ya la teníamos decidida con independencia de cómo se pusieran y de si perdían o no las formas.
¿Reunión con el operador a las 10:45h? Demasiado tarde. La cara de sorpresa de la encargada de la charla no fue pequeña cuando nos vio aparecer a los quince en el Hotel Sevilla. El tiempo hay que aprovecharlo al máximo, son tantas las cosas que hay que visitar. Nos estuvieron ampliando las nociones que a la llegada nos comentaron en el autobús que nos traía desde el Aeropuerto, cuestiones básicas para nuestra estancia en territorio cubano: monedas y sitios donde realizar los cambios sin sorpresas; compras de habanos y ron sin dificultades aeroportuarias; posibles excursiones de nuestro interés…
Volviendo sobre nuestros pasos, regresamos hasta nuestro hotel como punto de partida. La suerte de contar con varias guías de viajes y de personas con un plan de visita facilitaba el recorrido que habrían de seguir nuestros pasos. En cuanto a la humedad, recomendable no olvidar las botellas de agua de distintos tamaño. Nuestra primera parada, por la cercanía de nuestro hotel, no podía ser otra que frente al Capitolio. Maravilloso edificio que en su día cumplió funciones legislativas y que actualmente está dedicado a la Academia de las Ciencias. Continuando con nuestro paseo habanero avanzamos unos metros más para situarnos en un parque junto al Capitolio. A la derecha podíamos observar la fábrica de puros de la marca Partagas. No muy lejos de allí, el barrio chino. ¿Es posible que haya ciudad en este mundo sin un barrio chino? Evidentemente la pregunta es retórica.
Con la inestimable ayuda de nuestra guía de referencia, por expresa recomendación de su propietaria, tocaba encaminarse hacia la cercana calle Brasil. ¿Y por qué esta calle? La respuesta la tiene un local –de nombre Hanoi- en cuyas mesas se recomienda hacer parada. No faltan razones para dedicar unos minutos al descanso mientras se saborea un maravilloso mojito. Ni punto de comparación con el que probaron mis compañeros de viaje horas antes en el restaurante del hotel. La temprana hora no era apropiada para la comida, al menos para nosotros como personas habituadas al horario español. Trataban de convencernos para el almuerzo pero decidimos seguir nuestro rumbo. Seguimos avanzando por la calle del país que atraviesa el río Amazonas y comprobando la forma de vivir de los habitantes de La Habana: desde quienes trabajaban o se formaban en distintos talleres ocupacionales, auspiciados por entidades españolas (del País Vasco) y canadienses, hasta quienes se limitaban a pasear por las aceras. Los datos oficiales (es decir, la propaganda) hablan de un índice de ocupación laboral de pleno empleo, con una tasa de paro de apenas el 2%, pero lo cierto es que a nivel de calle esa estadística no se sostiene. Encontrar por la calle a la mayoría de la población habanera es un dato irrefutable.
Llegamos a la confluencia de la calle Brasil con la calle San Ignacio, lugar donde nos encontramos con la plaza donde está situado el Centro Nacional de Artes Plásticas Wilfredo Lam. Con un gusto estético opinable, encontramos la escultura un gigantesco abanico de autor no conocido por quienes allí nos encontrábamos. Pero no fue lo único que nos llamó la atención, lo realmente llamativo fue encontrar una tienda de la marca Paul Shark en uno de los soportales de la plaza, al lado del referido edificio artístico. Nuestro trayecto continuaba, ahora por la calle Murallas, hacia la calle Oficios donde había un museo digno de visita y con exposición de vehículos antiguos. Debo confesar que lo he averiguado posteriormente y por eso aprovecho la ocasión para comentarlo: paralela a la calle Oficios (en la Avda. del Puerto, concretamente en la calle San Pedro) teníamos la opción de haber visitado el museo del ron, edificio usado por la Fundación Havana Club. En cuanto a la exposición automovilística, fue realmente interesante ver vehículos de otras épocas distintos de los que aún circulan por la calle y que datan de los años sesenta del pasado siglo veinte. Como no hubiéramos encontrado por el camino pequeñas tiendas de artesanía, la calle Oficios no fue una excepción. Ello suponía pequeños parones para analizar la calidad y precio de los productos.
La evolución de nuestro paseo habanero nos llevó a continuación a la plaza junto a la Basílica Menor de San Francisco de Asís. Frente a nosotros, la terminal del puerto. Unas fotos de rigor y continuamos avanzando. Nuestra siguiente parada estuvo en la Plaza de Armas, junto a la que tenemos una fortaleza visitable. El monumento llamó la atención a parte de los turistas del grupo, que decidió visitarlo. El resto optó por averiguar la ubicación de la Catedral y de paso conocer las bondades de “La Bodeguita del Medio”, lugar de culto para tomar mojito. Es curioso que la espera no se nos hizo eterna, tal vez el brebaje tiene algo que ver en esa cuestión. Al regreso de los turistas de la fortaleza, como no podía ser de otra forma, era obligado pedirse otro combinado caribeño para el general disfrute de todo el grupo antes de comenzar la búsqueda de un lugar donde comer.
La tarea no era fácil, el reloj se mostraba implacable y el calor apretaba. Nuestro deambular habanero, con rugir de los estómagos, requería rápidas actuaciones. Entre las opciones barajadas quedó de inmediato descartada la gastronomía oriental, no parecía serio entrar en un restaurante chino en La Habana. Todo tiene su recompensa, los minutos de búsqueda no fueron en vano. Junto a la Plaza de Armas localizamos un local que tenía buena pinta, al menos echando una vista a su carta. Para confirmar este extremo realizamos un encargo Iván, el negociador, que se encargó de preguntar en el local las posibilidades de precio para quince comensales hambrientos. Las gestiones fueron productivas, conseguimos un buen precio y la primera bebida (nacional) gratis. Nos situamos en nuestra mesa y comenzamos la decisión de los platos y bebidas a consumir. Para no perder la costumbre, el servicio va a su ritmo. La espera mereció la pena, es de ley reconocerlo, la comida estuvo buena y además tuvimos acompañamiento musical. A petición de los comensales, Silvio Rodríguez y Joaquín Sabina estuvieron presentes.
Se hizo duro levantarse de la silla, pero había que seguir con la ruta. No muy lejos de la zona había un mercadillo y no era difícil suponer que nos detendríamos a echar un vistazo. La idea no era especialmente grata para el sector masculino del grupo, pero los regalos a familiares y amigos obligaban. Sol de justicia, estrechas zonas de transito entre los distintos puestos, la verdad es que era preferible mantenerse fuera de la zona comercial. Tras el momento consumista decidimos continuar nuestra ruta turística. Nuestro siguiente objetivo no era otro que el afamado malecón. Tocaba cruzar la avenida al estilo cubano, por cualquier parte y con algo de precaución por si algún conductor, en un exceso de celo, no respetaba a los imprudentes peatones. Emocionado por la interesante caminata que llevábamos, crucé corriendo y cuando llegué a la otra acera estuve a punto de sufrir un percance por no haber divisado un cable. Logré saltarlo de casualidad y terminé en medio de una zona militar. No fue el cartel que colgaba del cable sino un amable soldado que me invitó a volver a zona civil. El momento humorístico del día ya estaba servido, los compañeros se reían de mí mientras yo recapacitaba sobre la posibilidad de haberme quedado sin dientes con una breve estancia en calabozos, no se deben olvidar las circunstancias políticas del país. Es una auténtica maravilla vivir cerca del mar, cada vez que paseo por Cádiz (“La Habana con más salero”) siento sana envidia de quienes pueden disfrutar del mar y de sus atardeceres. Llegamos a una pequeña zona de bancos y jardines, antes de pasar junto a un pequeño faro. No es el momento ni el lugar de recordar a dos tontos cubanos indeseables, no lo merecen. Los compañeros de viaje saben a qué me refiero, al resto sólo les puedo decir que no merece la pena conocer esa desagradable experiencia.
La verdad es que el sentimiento generalizado fue de algo de decepción. Tal vez nos esperábamos otra cosa después de haberlo visto en reportajes y fotos. La realidad es bastante distinta, el estado en que se encuentra (en reparación en algunas de sus zonas) y los edificios que encuentras en frente, muchos en estado ruinoso, te quitan las ganas de pasear por el malecón. Sobre los edificios es conveniente recordar que si apenas les llega el sueldo para sobrevivir, difícilmente se pueden plantear rehabilitar o restaurar edificios. Parte de los componentes de la expedición decidieron que no era preciso recorrer todo el malecón. Otra parte sí optó por continuarla un poco más. Aprovechamos la ocasión para ir fijando la hora en que estar preparados para buscar un lugar para la cena. El recorrido de vuelta, para los que regresamos con posterioridad, estuvo marcado sin duda por la visión más dura de la realidad cubana. Me refiero a la calle Neptuno. La pobreza se podía comprobar sin disimulo a lo largo de toda su extensión. Casas bajas con habitáculos reducidos donde residen (e intentan hacer vida) no menos de cuatro personas en una situación de claro hacinamiento. El camino de regreso al hotel, en este último tramo, se hizo especialmente duro.
Una breve pausa para el adecentamiento personal, con posibilidades de relax sobre la cama de la habitación, y comienza la ruta nocturna. Una breve tormenta nos daba la bienvenida a nuestra estancia cubana. Ya nos habían comentado que por las tardes suelen ser habituales. En esta ocasión teníamos claro que evitaríamos el restaurante del hotel y nos buscaríamos un sitio que estaba recomendado en la guía que tan buenos consejos nos estaba facilitando. La situación del establecimiento no era distante del hotel, estaba frente al Capitolio. Nuestra quincenal presencia en la puerta del local nos facilitó la pronta entrada para sorpresa generalizada. La parte menos grata estuvo en el trayecto hacia la parte más alta del edificio, uno de los tramos de escalera estuvo adornado con un olor que ahora mismo no sabría describir pero que era altamente desagradable. Pasado ese mal trago, tuvimos la mesa preparada en cuestión de unos minutos. Amago de rapidez pues la ronda de bebidas tardó varios minutos más de lo preciso. El tiempo se prolongó también cuando vimos la carta, fue preciso ir preguntando al camarero qué componía cada plato. Creo que la opinión puede ser compartida, la elección del sitio fue acertada porque los platos estuvieron bien servidos. Algunos no pudieron terminarlos. El pequeño fallo, el local que realmente recomendaban estaba en la planta primera y responde al nombre “Los Nardos”. Nosotros estuvimos en “El asturianito”. La diferencia entre ambos no es muy sustantiva, pues comparten cocina. Este dato lo supimos al ver cómo los camareros subían o bajaban con platos. Como no podemos pasar inadvertidos allá por donde vamos, y siendo la ocasión especial como era, Maty se encargó de hablar con los camareros para que en un momento determinado apagaran las luces y pudiéramos sorprender a Iván. ¿Puede haber algo más especial que celebrar un cumpleaños en Cuba? No, aunque sin ánimo de anticipar acontecimientos todavía quedan sorpresas por contar. Sobre una porción de tarta que pudieron localizar en el restaurante a esas horas apareció una vela. Como no tuve el gusto de probar el mencionado postre, no tengo opinión sobre su textura o dulzura.
Resuelta la cuestión monetaria, abandonamos el local. En previsión de no tener que hacer cola la noche siguiente, nos encargamos de comentar que volveríamos pero que en esta ocasión preferíamos que la cena se produjera en “Los Nardos” sobre las 21 horas. Emprendimos el camino de vuelta hacia el hotel.
Tras haber recibido los oportunos consejos sobre los lugares en los que moverse por la noche habanera, finalmente nos decidimos por desplazarnos hasta la “Casa de la Música” de la zona de Miramar. La siguiente tarea era localizar los cuatro taxis necesarios para que pudiéramos desplazarnos. En unos diez minutos estábamos ante la puerta del local donde un amable cubano nos indicaba las opciones que teníamos: el local de la planta baja, o el de la planta de arriba (denominado “Diablo Tuntun”); en ambos casos con entrada por un precio de 10 CUC. Nuestra propuesta combinada de entrada en ambos locales por un mismo precio no tuvo fruto, así que finalmente nos decantamos por entrar en planta baja. Mi primera sensación, más allá de la que comento en breve, era como si nos hubiéramos trasladado a los años ochenta a uno de los espectáculos de sábado noche producido y dirigido por el afamado ventrílocuo que ahora no me apetece mencionar. Como si fuera un teatro, en lo que podríamos denominar “patio de butaca” había dispuestas una serie de mesas de aluminio –mayoritariamente redondas, si no recuerdo mal-. Al fondo, en posición elevada de unos dos metros, el escenario donde los distintos grupos salseros iban interpretando sus repertorios. Para quienes no estamos acostumbrados a uno de los géneros musicales del Caribe, las canciones parecían todas la misma. A eso tenemos que unir que el sonido no era muy bueno o que el técnico encargado de tal labor había dado prioridad a la música antes que a la letra, quitando protagonismo a los intérpretes cuyas voces apenas se oían.
Le gustará más o menos al Gobierno que rige la isla, realizará esfuerzos mayores o menores para impedirlo, pero la realidad es que el turismo sexual existe. No sé si la excusa del jineterismo es válida, mi opinión personal es que no. A diferencia de los sigilosos ofrecimientos que nos habían realizado distintos encargados del hotel, en esta ocasión eran las propias muchachas –de edad no muy superior a los dieciséis años- las que paseaban por el local seleccionando (o atacando) a sus clientes. El diálogo entre dos de las muchachas, escuchado por Rafa al entrar al local, servía para tomar conciencia de que no éramos víctimas propiciatorias. Nuestro abultado grupo, de mixta composición hombres-mujeres, suponía un handicap importante. Como dice la sabiduría popular, los toros se ven mejor desde la barrera: las maniobras de selección de clientes era digna de análisis, acercamientos en parejas hacia quienes podían reunir los requisitos aptos para el abordaje del asunto en cuestión. Con la finalidad disuasoria de que no se realizaran maniobras sospechosas, y con cierto aire cómico, desde el propio servicio de caballeros había un espécimen de rasgos de guardaespaldas que cada cierto tiempo abría la puerta y comprobaba que todo transcurriera con normalidad, es decir, sin emplear la zona en cuestiones amatorias y/o sexuales. Nosotros fuimos a lo nuestro, unos bailes salseros y unos cubatas, con unas risas también al comprobar cómo funciona una famosa “Casa de la Música”. La necesidad de recuperar fuerzas para el día siguiente nos hizo abandonar el local a una hora prudente. Para nuestra sorpresa, a la vuelta en coche observamos una concentración nocturna en el malecón. Pronto supimos qué motivaba tal encuentro, es el lugar de reunión de gays, lesbianas y hasta transexuales. Es curioso comprobar que pese a la probable penalización de la condición sexual, se permite un punto de encuentro en tan señalado lugar habanero.
Amanecía el tercer día de nuestra estancia habanera. Nos tocaba hacer la ruta con nuestros taxistas particulares. A través de Emilio localizamos a nuestro guía local, Julio, que se encargó de encontrar a otros tres compañeros que nos transportaran por la ciudad. Como más o menos ya teníamos un recorrido acumulado, el primer punto que nos interesaba conocer no era otro que la famosa Plaza de la Revolución. En el trayecto volvimos a comprobar la realidad cubana, difícilmente disimulable.
Con total sinceridad puedo decir que lo que más me llamó la atención de aquella explanada fue ver en directo el edificio en cuya fachada está “dibujado” el rostro de Ernesto “Che” Guevara. Desconozco, más bien no recuerdo, qué Ministerio tiene su sede en el citado edificio. Varios son los edificios oficiales que se ubican en la zona, sin olvidar uno de los centros neurálgicos del país que no es otro que un cuartel general con el perímetro oportunamente vigilados por militares. Se incluye también, como no podía ser de otra forma en la Ciudad y en general en el país, un monumento a José Martí. Complemento del mismo marmóreo elemento artístico está el “Memorial José Martí” donde se puede ascender a un mirador de 134 metros de altura para divisar toda La Habana desde sus 360º. Ni que decir tiene que la entrada no es gratuita, y existe la posibilidad de suplemento en caso de llevar cámara de video o de fotos. Sin entender todavía la motivación con el paso de los meses, al entrar en el ascensor la encargada de su manejo nos obsequió con un diploma que certificaba que habíamos acudido a visitar el Memorial. Como si el meritado documento nos diera créditos de libre configuración en alguna universidad española. La ideologización de un país comienza con una cabeza pensante que observa la realidad y busca la forma de cambiarla. Esa fue la función vital del ideólogo revolucionario por naturaleza, padre de la patria cubana. Sin que dejaran de ser sorprendentes algunas de las frases expuestas junto a elementos personales del homenajeado en el Memorial, lo que me llamó poderosamente la atención fue presenciar el comportamiento de un grupo de escolares de unos diez o doce años. A modo de un concurso televisivo, rivalizaban por responder a cada una de las preguntas que les hacían sobre la vida, obra y milagros del personaje histórico. Indignación suprema al comprobar el adoctrinamiento de tan jóvenes representantes de la patria cubana. La suerte de no haber vivido en mis años de escolarización algo parecido me hace valorar más haber nacido y crecido durante la Transición española.
Nuestras ganas por conocer mejor la cultura cubana nos conducía inevitablemente a una fábrica de ron. No sabría reproducir la zona donde estaba ubicada, pero sí puedo afirmar sin miedo a equivocarme que no había glamour ni lujo en los edificios colindantes. En la entrada encontramos un cartel que mostraba “Legendario”, bebida de creciente consumo por tierras hispanas. Para ser sinceros, la imagen no dejaba de ser bucólica: las barricas de roble apiladas en varias salas. Las comparaciones con las bodegas de Jerez o de Valladolid, por citar unos ejemplos, son realmente odiosas por mucho que digan que el tamaño no importa. Unas fotos para el recuerdo y la típica compra de botella de ron a un precio realmente inigualable según nuestros guías, 8 CUC. Tal oferta bien merecía la adquisición de un envase de dorado líquido cubano, pero no todos se apuntaron. Desconozco sus motivos, pero he de reconocer que no se equivocaron al rehusar la compra, en un supermercado cercano al hotel encontramos la misma botella al maravilloso precio de 6 CUC. Una anécdota que no puedo olvidar de nuestra visita a la fábrica, las etiquetas de las botellas ya indicaban que el distribuidor es valenciano. Esto te lleva a replantearte que realmente el establecimiento en el que nos encontrábamos estuviera actualmente en funcionamiento, y en caso de que así fuera tendría que haber miles de ellos a lo largo de toda Cuba para abastecer al exigente mercado ronero del sur de España.
La siguiente parada en nuestra ruta automovilística nos llevó a lo que nuestros guías denominaron “el pulmón de La Habana”, la única zona verde de la ciudad. Como zona de esparcimiento no estaría mal si lográramos olvidarnos de la pestilencia que desprendía el caudal fluvial cercano. Sobre el terreno pudimos ser testigos de una sesión fotográfica con escenarios naturales. Hasta ahí todo normal si no fuera porque la principal protagonista del reportaje no contaba con más de catorce años y su indumentaria de baño hacía suponer que, en ausencia del poco recomendable chapuzón, las poses y posturas que adoptaba tenían más un cariz erótico que artístico. Quienes la acompañaban parecían ser sus padres y posibles responsables de la idea de posar en tal “idílico” lugar. Cada uno que saque las conclusiones que estime oportunas.
Para que nuestro recorrido no fuera incompleto, camino de la siguiente parada monumental, pasamos por una de las zonas más exclusivas de La Habana: la Quinta Avenida, en el barrio de Miramar. Es el lugar apropiado para que se establezcan las empresas multinacionales que operan en la Isla, así como la mayoría de las Embajadas. Honrosa excepción constituye la Embajada de España, ubicada en un bello edificio sito en La Habana Vieja. No estaría completo el retrato de tan privilegiada zona si no vivieran en el mismo parte de la familia Castro. Continuando con nuestra ruta, tocaba visitar el Santuario de Nuestra Señora del Cobre. No se puede comparar con la Catedral de La Habana, sobre todo teniendo en cuenta que no llegamos a visitarla, pero no se descarta para una visita. Nos gustó su estilo moderno, la amplitud de su única nave, sus pequeños retablos laterales.
Como si de una maldición se tratara, la hora de comer nos perseguía. Decidimos regresar a La Habana Vieja para hacer la pausa del almuerzo. En esta ocasión estábamos dispuestos a comprobar las bondades culinarias del Hanoi y hacia allá nos dirigimos. Desconozco exactamente cómo transcurrió la conversación, no estuve presente, pero terminamos prescindiendo de nuestros taxistas. Pudo ser un desacuerdo en la cuantía a recibir, o tal vez en la necesidad de parar para comer (una pausa que podría ser de dos horas) y después retomar la gira. Sea como fuere, recibieron lo pactado y se volvieron a sus respectivas casas o adonde estimaran conveniente desplazarse.
De forma casi inmediata, nada más atravesar la puerta del establecimiento, ya teníamos nuestra mesa preparada. Los atentos camareros nos comentaban las bondades del menú del día. Para mi opinión, nuevamente volvimos a acertar pues la comida fue completa y el precio bastante razonable. La sobremesa, de forma poco sorprendente, estuvo aderezada con un poco de música en directo. Incluso tuvimos sesión de baile, el cantante se animó a solicitar a una voluntaria acompañante de baile. Nuestra compañera, Maribel, puso todo de su parte, pero sentirse observada creo que no fue de mucha ayuda. Nuestra conclusión, al menos en mi experiencia, el local bien merece regresar tanto por la comida como por el mojito.
Regresamos al hotel con la mente puesta en una excursión que no nos podíamos perder, conocer la heladería “Coppelia” que aparece en la película “Fresa y Chocolate”. Nuestro transporte requería capacidad elevada. A falta de confirmarlo con la foto que al efecto nos hicimos, creo que entramos ocho personas en el vehículo sin contar al conductor. En unos diez minutos llegamos y nos dispusimos a averiguar la dinámica del lugar. Haciendo cola se encontraban los naturales del lugar, mientras que a los turistas nos acercaban a otra zona donde no era preciso esperar. Me llamó la atención no tanto la cantidad de sabores (limitada, como pueden comprender) ni las posibilidades de presentación sino la forma de establecer el precio. Una vez que te decides por tu combinación, te pesan el helado y te cobran tanto como pese en gramos: 285 gramos = 2’85 CUC. Una vez degustado nuestros helados nos volvimos al malecón dando un paseo. Nuestro deambular nos hizo pasar junto al “Hotel Habana Libre”, en cuyo último piso dicen que hay una afamada discoteca. En la misma calle hay una “Casa de la Música”, pero precisamente por la zona donde se encuentra no nos recomendaron acudir. Nuestra siguiente parada no era otra que el famoso “Hotel Nacional”, que no distaba mucho de la heladería referida y al cual llegamos en unos minutos de tranquilo paseo. Realmente es una maravilla de hotel, entramos para echar un vistazo por recepción y merece la pena pasear por él. Otra cuestión será a la hora de optar por alojarse en él, pues sus cinco estrellas no son fruto de la casualidad y tienen consecuencias económicas.
El tiempo apremia, incluso estando de vacaciones. Tocaba cerrar la tarde para ir preparando la noche. Entre las variadas formas de regresar al hotel hubo quienes se decidieron por el taxi tradicional y quienes optaron por los “coco-taxis”. En mi caso preferí no arriesgar mi escultural cuerpo en esa suerte de ciclomotores triplaza conforma de casco y llamativo color amarillo.
Al sabor de un daiquiri suena mejor cualquier experiencia en los medios de transportes habaneros. En la ingesta de unos combinados nos entretuvimos antes de regresar al hotel. El lugar propicio para tal tarea no es otro que el “Floridita”, local cercano al Capitolio. Entre sus especialidades se encuentran el mojito y el daiquiri, hecho que no por conocido o supuesto quita mérito al establecimiento. Como si fuera algo novedoso, también conoció este lugar el Sr. Hemingway, de nombre Ernesto. Una escultura a tamaño natural lo recuerda. No resulta difícil ser escritor afamado y conocer los mejores lugares, habaneros en este caso, sean de comida o bebida. Estaría feo disfrutar del momento parcialmente, así que hicimos de avanzadilla mientras regresaban los usuarios de “coco-taxi”. En esta ocasión me decanté por un daiquiri tradicional, lo había de distintos sabores (entre ellos de fresa). Comprobar en directo “la ceremonia” de elaboración tenía su interés. Se me ha quedado grabada la imagen de la batidora de estilo americana, con sus seis o siete velocidades.
En el camino de vuelta al hotel pasamos por una “galería comercial” y entramos en un supermercado donde parte importante del género eran bebidas alcohólicas. Fue sorprendente encontrar que la misma botella que habíamos conseguido a un maravilloso precio en la “fabrica” de Legendario estaba como a 2 CUC más barata. El sentimiento de estafa estaba servido en el grupo.
Con el tiempo justo logramos asearnos y ponernos guapos. Algunos (uso el plural sin distinguir entre géneros) lo tienen más fácil, a otros nos cuesta un poco más. Dejaré que las fotos atestigüen quién o quienes resultaron más agraciados tras su paso por el cuarto de baño.
Nuestro rumbo estaba prefijado desde la noche anterior cuando abandonábamos “El Asturianito”. La fallida experiencia nos hizo reservar para cenar en nuestra última noche en “Los Nardos”. Para nuestra sorpresa resultó que la persona con la que hablamos la noche anterior no estaba trabajando y no lo había comentado con sus compañeros, a nadie le indicó nuestra numerosa reserva. Como a todo hijo de vecino, nos tocó esperar la cola que había para entrar en el local. Tiempo para charlar. Los lugareños no podían resistirse a acercarse para hablar con nosotros. En esta ocasión le tocó a Rocío recibir la conversación de un muchacho que, con peculiar estilo –que no reproduciré por respeto-, deseaba demostrar su amor. Costó trabajo hacerle a entender a este joven, y a su observador amigo, que no teníamos ganas de que estuviera a nuestro lado porque comenzaba a molestarnos. Tras varios minutos, captó el mensaje. Las incidencias nocturnas no pararon ahí pues junto a Rafa se situó un joven que estaba interesado en conocerlo. Llamativa fue la forma elegida para hacerse notar. Según nos comentaba nuestro compañero viajero, en dos o tres ocasiones le hizo gestos lascivos con su boca. Afortunadamente no presencié esa “habilidad seductora”. Complemento de esos gestos fue su “postura de coqueteo”, que en términos deportivos –en el baseball, deporte seguido ampliamente en la Isla- se conoce como “esperando a la segunda base”. En un momento dado el “habanero seductor” desapareció de la zona para alivio de Rafa, agobiado por la situación. Falsa alarma, el muchacho sólo se había retirado para ir a comprar una bebida refrescante. Sólo Rafa puede expresar cuánta fue la felicidad que sintió al subir al restaurante.
Una vez arriba nos tocaba esperar. El lugar ya era distinto, con otro ambiente y la espera era más amena. La comparación con el local de la noche anterior no es posible. Compartir la cocina en ambos locales es la única semejanza. La decoración, inexistente en “El Asturianito”, hace acto de presencia en el local de la planta primera con muebles en madera que quien escribe –en su escaso conocimiento- podría calificar de caoba. Al cabo de unos diez minutos logramos acceder a nuestra mesa y comenzaba nuestro enfrentamiento con la carta, si bien contábamos con la ventaja de conocerla ya la noche anterior, lo que facilitó la elección de los platos. Es la opinión común, estoy seguro, era la noche de Rafa. Uno de los camareros, con ciertos rasgos amanerados, se fijó en él y eso nos ofrecía la posibilidad de reírnos un rato entre plato y plato. Llegado el momento de poner fin a nuestra estancia comprobamos una vez más la habilidad local para distraer dinero. La cuenta traía dos cantidades distintas, una de ellas tachada. Eso nos llevó a pensar que la propina estaba ya incluida en virtud de la diferencia entre una y otra cantidad. Esa no fue la opinión del camarero, quien intentaba convencernos de que la propina no estaba incluida y se mostraba contrario a aceptar la que le dejábamos. Necesitó acudir otro camarero pues la situación iba subiendo en intensidad. Nada cambió en nuestra postura, la propina ya la teníamos decidida con independencia de cómo se pusieran y de si perdían o no las formas.
La velada estaba llegando a su fin de manera obligada, en unas horas pasarían a recogernos para el traslado a la segunda parte de nuestra estancia cubana. Parte del grupo se quedó charlando en el bar del hotel, mi decisión tal vez fue la más práctica: adoptar una postura horizontal sobre un elemento igualmente horizontal llamado “cama”.

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